¿Tu pareja dice repetidamente cosas que te confunden? ¿Tu terapeuta te bombardea con afirmaciones que son totales y te hacen dudar de tu propio pensamiento o cordura? ¿Quizá tu maestro espiritual te remarca que todo es ego, hay que destruirlo o que todos tus pensamientos son una herencia de tu familia que debes erradicar? Debido a esto, ¿a menudo empiezas a cuestionar tu propia percepción de la realidad dentro de tu relación? ¿Te cuestionas por completo tu cordura? Si es así, puede que te estén haciendo «gaslighting» («luz de gas»).
El término proviene de la obra de teatro de 1938 Gas Light, en la que un marido intenta volver loca a su esposa atenuando las luces (que funcionaban con gas) en su casa, y luego niega que la luz haya cambiado cuando su esposa lo señala. Es una forma extremadamente efectiva de abuso emocional que lleva a que la víctima cuestione sus propios sentimientos, sus pensamientos, su intuición o su propia cordura. Como resultado, quien despliega este estilo de relación basado en el gaslighting, termina acumulando mucho poder (y sabemos que el abuso tiene que ver con el poder y el control). De hecho, una vez que se ha roto la capacidad de la víctima para confiar en sus propias percepciones, es más probable que se permanezca en la relación abusiva. Generalmente, el gaslighting sucede de manera gradual en una relación; de hecho, las acciones pueden parecer inofensivas al principio. Sin embargo, con el tiempo, estos patrones que van minando la capacidad de pensamiento, continúan y, como resultado, la víctima entra en confusión, está ansiosa, aislada y deprimida. En conjunto, pueden perder todo sentido de lo que realmente está sucediendo. Luego comienzan a confiar cada vez más en la pareja abusiva para definir la realidad, lo que termina por crear una situación muy difícil de la cual salir.
La palabra «gaslighting» se ha vuelto omnipresente. De hecho, su popularidad explotó de tal manera que el diccionario Merriam-Webster la nombró «Palabra del Año» en 2022, tras registrar un asombroso aumento del 1,740% en las búsquedas. Pero más allá de la definición, ¿entendemos realmente cómo funciona en nuestra mente? ¿Qué lo hace tan desorientador y poderoso? La investigación psicológica y neurocientífica reciente ofrece algunas respuestas que llevan a pensar que, en la práctica, lejos de ser un simple engaño, el gaslighting corrompe los mismos procesos cerebrales que utilizamos para construir nuestra realidad. La vulnerabilidad al «gaslighting» no es un defecto: es el precio que pagamos por la capacidad de nuestro cerebro para forjar lazos profundos con los demás.
Tanto la experiencia clínica como la investigación indican que las relaciones cercanas no solo existen para darnos amor y apoyo. Desde una perspectiva psicológica, sabemos que cumplen una «necesidad epistémica» vital. Esto significa que dependemos de los demás para ayudarnos a entendernos a nosotros mismos y para verificar nuestra experiencia del mundo. Esta dependencia no es una debilidad, sino una característica esencial de nuestra naturaleza social. Para navegar un mundo complejo, necesitamos anclas, y las personas con las cuales nos vinculamos afectivamente son nuestras anclas más importantes. Esta función les otorga una posición epistémica privilegiada, un concepto que los investigadores llaman «confianza epistémica». El gaslighting es tan destructivo porque es un abuso directo de esta forma específica y poderosa de confianza. El abusador utiliza esta posición privilegiada para obtener un apalancamiento epistémico, usando la confianza que le has depositado para manipular tu realidad en su propio beneficio, ya sea para obtener ganancias materiales o inmateriales, como evitar la responsabilidad por sus acciones.
Para entender cómo el gaslighting se arraiga en nuestra mente, necesitamos conocer un proceso neuronal fundamental llamado «Minimización del Error de Predicción». En términos sencillos, esto significa que el cerebro aprende constantemente haciendo predicciones sobre el mundo. Cuando la realidad no coincide con una predicción, se produce un error de predicción, y el cerebro actualiza su modelo interno para ajustarse a la nueva información. Imagina que siempre dejas las llaves en una bandeja junto a la puerta. Tu cerebro predice que estarán allí. Si un día vas a cogerlas y no están, ese desajuste crea un error de predicción. Aquel que te hace luz de gas, explota este mecanismo creando intencionadamente estos errores (escondiendo las llaves, negando algo que dijo) y luego ofrece una explicación auxiliar manipuladora que ataca tu competencia: «Eres tan olvidadiza», «Debes estar volviéndote loca». Ante este rompecabezas, tu cerebro se enfrenta a una elección: actualizar su modelo de un compañero de confianza como un mentiroso, o actualizar su modelo de ti mismo como alguien poco fiable. El gaslighter presiona sin descanso a favor de la segunda opción. Aquí está la clave: este proceso es insidioso porque se desarrolla lentamente, con incidentes que empiezan siendo menores y esporádicos, pero que aumentan en intensidad. Con el tiempo, el cerebro de la víctima aprende a resolver estos constantes errores no desconfiando del gaslighter, sino actualizando una creencia fundamental sobre sí misma. Adopta la creencia previa (o priori, como se conoce en neurociencia a un modelo mental preexistente) de que es «epistémicamente incompetente», es decir, que no es fiable a la hora de percibir la realidad.
Aquí la neurociencia revela un hecho impactante: nuestro cerebro está diseñado para preservar los lazos sociales estables, lo que irónicamente lo predispone a proteger al abusador. Este mecanismo no es un error, sino la perversión de una función adaptativa esencial. La investigación muestra que, por ejemplo, cuando una pareja (o un terapeuta o un gurú) actúa de forma deshonesta, el error de predicción resultante tiene un peso de señal más débil en nuestras creencias en comparación con si un extraño hiciera lo mismo. En esencia, la confianza que tenemos en esa persona le dice a nuestro cerebro que no le dé tanta importancia a la evidencia negativa. Y es que, estamos activamente motivados para ver a nuestras parejas de la forma más positiva posible. Es cognitivamente más fácil aceptar una explicación alternativa («debo haber entendido mal») que actualizar nuestra visión central de nuestro ser querido como alguien malintencionado. Esto atrapa a la víctima en un callejón sin salida de «doble vínculo»: se enfrenta a dos opciones psicológicamente costosas. O bien acepta que es «incompetente» o «loca», o bien acepta que la persona en la que ha basado su mundo es malévola y que, por tanto, ella misma es una mala jueza del carácter. Ambas opciones implican admitir una «incompetencia epistémica». Este sesgo cognitivo, diseñado para mantener las relaciones, se convierte en la herramienta perfecta que el gaslighter explota para mantener el control.
Durante meses o años de esta manipulación, los cerebros de las víctimas literalmente se reconectan a sí mismos. Los escáneres cerebrales de los sobrevivientes de abuso muestran patrones como los de aquellos con trastorno de estrés postraumático grave, pero con una diferencia crítica: las áreas responsables de la evaluación de amenazas se vuelven hiperactivas y poco confiables. Las víctimas se vuelven simultáneamente hipervigilantes e incapaces de confiar en su hipervigilancia.
El gaslighting funciona al convencerte de desconfiar de la evidencia de tu propia mente. Pero los estudios actuales nos muestran que la recuperación es posible. Para empezar, después de una experiencia continuada de gaslighting enloquecedor, los supervivientes necesitan fuentes confiables para proporcionar apoyo emocional y validar y confirmar sus percepciones. La investigación muestra que la validación entre pares (personas que vivieron la misma experiencia), en particular, es un elemento fundamental contra el monopolio de un gaslighter sobre cómo una víctima interpreta la realidad.
Un segundo elemento básico en la recuperación es poder disponer de un espacio psicoterapéutico en el que poder volver a recuperar el propio pensamiento, construir narrativas sobre los sucedido, mentalizar el dolor y el trauma u organizar los eventos cronológicamente, lo que ayuda a los supervivientes a reconstruir su narrativa, recuperar su historia y volver a conectar con su propia subjetividad. La psicoterapia, además, no es tan sólo «hablar», sino que despliega un proceso relacional que ayuda a establecer nuevas conexiones neuronales, reorganizando de este modo la arquitectura cerebral.
Finalmente, un tercer elemento que puede contribuir a la recuperación, consiste en anclarse en una fuente de verdad innegable: las sensaciones físicas de tu propio cuerpo. En este sentido, muchas actividades de recuperación son re-corporizantes (como prácticas de yoga, la actividad física o escribir un diario), son una ayuda porque exigen una mayor conciencia interoceptiva (prestar atención a las señales internas del cuerpo). Al centrarte en señales internas —tu respiración, los latidos de tu corazón, el suelo bajo tus pies— estás reentrenando metódicamente a tu cerebro para que vuelva a confiar en sus datos más fundamentales y autogenerados, reconstruyendo tu realidad desde dentro hacia fuera.





