Piensa en la última gran reunión de tu empresa. Es probable que un líder con cierto carisma subiera al escenario para presentar una «visión» arrolladora, prometiendo un futuro brillante que tan sólo se alcanzará con una dedicación cada vez mayor o absoluta. O quizás reconoces la intensidad de una cultura de equipo que exige un compromiso total, como si fuera una familia, y en donde la línea entre el trabajo y la vida personal se desvanece en nombre de un objetivo común. En esos contextos, sentimos la energía, el propósito, la pertenencia.
El liderazgo transformacional es un concepto descrito como un proceso recíproco de movilización de recursos para alcanzar metas compartidas. A diferencia del liderazgo transaccional, que se basa en un intercambio de recompensas por el cumplimiento de objetivos independientes, el liderazgo transformacional busca que el líder altere las metas, valores y necesidades de los seguidores para alinearlos con una visión de «bien colectivo» o interés común. Aunque el liderazgo transformacional se presenta comúnmente como una fuerza positiva y necesaria, no está exento de riesgos, debido a que tiende a ser un proceso unidireccional (de arriba hacia abajo, donde el líder tiene el poder de reajustar la mente de sus seguidores), es un modelo que puede fomentar el narcisismo o la megalomanía (llevando a que los líderes pierdan contacto con la realidad), se trata de un estilo que puede conducir a la creación de una cultura restrictiva y el modo en que funcionan recuerda, en no pocos elementos, al funcionamiento de las sectas. Los especialistas en management empresarial, han descrito diferentes prácticas de gestión modernas que beben de procedimientos de influencia bastante estudiados. No se trata de teorías conspirativas, sino de una filosofía a veces explícita que puede llegar a formar una cultura de empresa. Ahora bien, ¿cómo llega una empresa a funcionar al estilo de una secta?
Dennis Tourish sostiene que, aunque las relaciones de poder son una preocupación clave en la gestión, los académicos del liderazgo han ignorado mayoritariamente el fenómeno de las sectas, viéndolo como una aberración sin valor analítico. Una buena parte de su trabajo se ha centrado en remediar esta omisión, porque considera que en las sectas las relaciones de poder se manifiestan de forma más pura y visible que en la mayoría de los contextos organizacionales. Al estudiar estos extremos, se pueden identificar dinámicas que, de forma atenuada, podemos encontrar en muchas empresas modernas. El interés de Tourish también tiene raíces personales profundas. Creció en Irlanda del Norte durante la época de los enfrentamientos conocidos como «The Troubles», donde fue testigo de cómo líderes carismáticos e influyentes convertían a personas «normales» en devotos de ideologías rígidas y defensores de medios violentos. Partiendo de sus trabajos, es posible aislar algunos elementos que nos pueden servir de guía para identificar cuándo una cultura de empresa empieza a derivar hacia un funcionamiento tipo-secta.
En primer lugar, buscarán que aceptes y llegues incluso a valorar (o idealizar) el estado de servidumbre al cual conducen. El término de «persuasión coercitiva» suena extremo, pero no se refiere a la fuerza bruta ni a un «lavado de cerebro». Es un proceso mucho más sutil que combina la vigilancia con un adoctrinamiento intenso. El objetivo no es obligar a los empleados a cumplir, sino lograr que interioricen la ideología de la empresa hasta tal punto que la adopten como propia. El fin último es convencerlos de que los comportamientos aprobados por la dirección son, en realidad, realizados por su propia voluntad, en lugar de por la fuerza de un mandato.Cuando las personas abrazan un sistema de creencias de esta manera, su necesidad de supervisión externa se reduce drásticamente. Comienzan a autodisciplinarse, guiando su propio comportamiento en las direcciones deseadas. Este mecanismo transforma la obediencia en una elección aparentemente voluntaria. Como sugirió tiempo atrás Aldous Huxley, «el objetivo es crear una población de esclavos que no necesitan ser coaccionados, porque aman su servidumbre». Esta idea replantea por completo el concepto de «cultura corporativa». Deja de ser un simple beneficio para el empleado y se revela como lo que realmente puede llegar a ser: un sofisticado y eficiente mecanismo de control del comportamiento y de la vida íntima de las personas.
En segundo lugar, el planteamiento de trabajo en equipo se transforma en un control mutuo. El lugar de trabajo se transforma en un panóptico. El filósofo Michel Foucault describió el panóptico como una prisión ideal: una torre de vigilancia central desde la cual un único guardia podía observar a todos los prisioneros, sin que ellos supieran si estaban siendo observados. La simple incertidumbre de ser vigilado era suficiente para que los prisioneros se autodisciplinaran constantemente. Este concepto se ha trasladado a la oficina moderna. El creciente énfasis en el «trabajo en equipo», los sistemas de «evaluación de 360 grados» y, esencialmente, los «incentivos y recompensas grupales», no solo fomentan la colaboración, sino que convierten a nuestros propios compañeros en los vigilantes de la torre. La presión de grupo se convierte en una poderosa forma de poder disciplinario. Este sistema asegura que formas alternativas de ser y hacer sean empujadas a los márgenes, fomentando una conformidad silenciosa. La ironía es que las mismas herramientas que se presentan como progresistas y colaborativas funcionan también como un eficaz sistema de vigilancia mutua que garantiza la homogeneidad del pensamiento y el comportamiento.
En tercer lugar, el líder transformacional se acerca al modo de proceder de un gurú sectario. La literatura sobre gestión empresarial está repleta de elogios para los líderes «heroicos, carismáticos y visionarios». Sin embargo, un análisis crítico revela que los ingredientes clave del llamado «liderazgo transformacional» son bastante similares a los utilizados por los líderes de sectas: una autoridad que no se cuestiona, una visión totalizadora que exige un acuerdo sin fisuras (lo que genera una convicción absoluta que inmuniza ante cualquier duda), la visión de empresa se presenta como un «nuevo paradigma capaz de transformar una realidad» que no pocas veces es descrita como inferior o impura y un contexto de relación de trabajo en donde los trabajadores-seguidores son recompensados generosamente por su conformidad y castigados, sutil o directamente, por su disidencia. En definitiva, este tipo de líderes transformacionales buscan provocar en sus seguidores un estado de conversión mental, un éxtasis que elimina toda duda. Idolatrar el carisma y la «visión» sin una dosis saludable de cuestionamiento, puede ser el primer paso hacia una dinámica de control coercitivo, donde la lealtad al líder suplanta al juicio crítico.
En cuarto lugar, el modelo de gestión de clasificación/descarte («Rank and Yank»), popularizado por Jack Welch en la General Electric y tristemente célebre por su uso en Enron -un culto evangélico corporativo-, este sistema de diferenciación forzada es uno de los mecanismos de control más efectivos. Su mecánica es simple: cada año, los gerentes deben clasificar a sus empleados en tres categorías: los de mayor rendimiento, los de rendimiento intermedio y un 10% inferior considerado «demasiado débil para permanecer en la organización y destinado a la eliminación».Este sistema es una herramienta de purga ideológica. Genera una creciente renuencia por parte de los empleados a arriesgar su próxima evaluación de desempeño siendo abiertamente críticos. En su lugar, los empleados fomentan comportamientos de congraciamiento: un acuerdo manifiesto, entusiasta y excesivo con las ideas propuestas por los líderes. Esta práctica es análoga a la forma en que los líderes de sectas purgan sus filas de «escépticos y disidentes» o de aquellos otros tildados de «débiles o dudosos», para mantener la pureza de su visión. Al eliminar sistemáticamente a quienes no se ajustan, se afianza el poder absoluto de los líderes.
Generalmente, pensamos que el poder corrompe lentamente. Sin embargo, diversas evidencias empíricas demuestran que sus efectos son casi instantáneos. No se necesita un cargo formal; basta con sentirse poderoso, aunque sea por un momento, para que nuestro comportamiento cambie drásticamente. Como acertadamente resume el profesor Robert Sutton, de la Standford University, cuando las personas ostentan el poder: se centran más en sus propias necesidades y deseos, se centran menos en las necesidades, deseos y acciones de los demás y actúan como si las reglas que se espera que otros sigan no se aplicaran a ellos.
Por tanto, la distinción entre sectas y empresas no es una dicotomía absoluta, sino que debe entenderse como un continuum en el cual los elementos sectarios están ampliamente distribuidos en muchas organizaciones contemporáneas. En organizaciones que operan como sectas corporativas, la ideología se abraza con tal vigor que funciona como un «ojo interno invisible», asegurando que los empleados se conviertan en instrumentos de su propia subyugación. El «sectarismo corporativo» aspira a colonizar el dominio afectivo de sus trabajadores, estableciendo monoculturas donde las decisiones se toman dentro de un marco normativo de valores centrales sancionados exclusivamente por la dirección. En estas empresas «de culto», el trabajo deja de ser un empleo para convertirse en un estilo de vida, una causa o incluso una suerte de religión, donde no hay espacio para los no creyentes. El resultado, como señala la colega Janja Lalich, es un entorno de «elección limitada» («bounded choice»), en el cual solo es permisible la expresión de un repertorio limitado y regulado de creencias, comportamientos y emociones. Los efectos de tal elección limitada se concretan en una erosión de la autonomía (renuncia al yo, pérdida de confianza en las propias percepciones), una regulación extrema de comportamientos y emociones (monopolización del tiempo, uniformidad externa y participación en actividades de control), se instaura una libertad ilusoria (la restricción se interpreta como una libertad total), aparecen signos de bloqueo del pensamiento autónomo (se detiene el diálogo interno, se censuran las propias dudas) y se instaura un compromiso escalado por supervivencia (dada la inversión inicial de tiempo y dedicación, tan sólo cabe ya seguir adelante en cuanto al compromiso).





