La década de los 80 no solo fue tan sólo la era del exceso y el neón. Fue un momento en que la industria de la moda alcanzó un nivel cercano a lo divino. Bajo los focos de los reconocidos fotógrafos estadounidenses Richard Avedon y Helmut Newton, rostros como el de Hoyt Richards proyectaban una perfección casi sobrehumana. Sin embargo, cuando el flash se apagaba, la realidad era una bofetada de crueldad: Richards, el primer gran supermodelo masculino y rostro de Versace o Ralph Lauren, regresaba a un apartamento compartido en Manhattan para dormir sobre una delgada colchoneta en el suelo, entregando su voluntad y cheques millonarios a un hombre que aseguraba haber descendido de las estrellas.

Esta realidad es la que ahora se recoge en el reciente documental de HBO, «Bring Me the Beauties», que descubre el funcionamiento de Eternal Values, una secta que canibalizó la vida de Richards durante dos décadas. Su historia abre la pregunta de cómo es posible que el éxito, la educación de élite o la belleza física no hayan sido defensas suficientes contra el control psicológico.

Existe una arrogancia intelectual que nos hace creer que las sectas son el refugio exclusivo para los marginados, los incautos o los ingenuos. La trayectoria de Hoyt Richards hace saltar por los aires tal estereotipo. Con una excelente educación en Princeton, proveniente de una familia estable de seis hermanos que veraneaba en las exclusivas costas de Nantucket, Richards era el «candidato menos pensado». El reclutamiento no fue una emboscada, sino un ejercicio de seducción. El líder del grupo lo abordó en una playa de Nantucket cuando Hoyt apenas tenía 16 años. No buscaba a alguien roto, sino a alguien con un deseo voraz de trascendencia. Para el privilegiado, la oferta de un «propósito mayor» puede ser más adictiva que cualquier lujo material.

El gurú en cuestión no era un ermitaño con túnica, sino un escalador social que borró sus raíces judías de Brooklyn para inventarse un linaje aristocrático. Frederick von Mierers (nacido como Freddy Miers) era un socialité de Manhattan perfectamente pulcro, un gurú con estética preppie que valoraba la disciplina física tanto como el misticismo. Von Mierers vendía una cosmología tan extravagante como rentable. Afirmaba ser un «walk-in», una entidad extraterrestre de la estrella Arcturus que había ocupado un cuerpo humano para salvar a una élite elegida ante el inminente apocalipsis de 1999. Afirmaba que una energía alienígena había entrado en su cuerpo humano, otorgándole conocimientos de vidas pasadas y la misión de preparar a los futuros líderes para sobrevivir al apocalipsis. Bajo esta fachada de elegancia, operaba un negocio bastante rentable: vendía joyas a sus seguidores por sumas que superaban los 100.000 dólares, atribuyéndoles poderes curativos espaciales; utilizaba lecturas psíquicas (cobradas a 350 dólares por cinta de audio, cuando existían) para dictar decisiones financieras y personales sobre la vida de las personas; y sostenía que tan solo su grupo sería rescatado por naves espaciales y llevado a «cámaras de rejuvenecimiento».

Físicamente, el gurú era un hombre muy atractivo, en muy buena forma física y con un «brillo radiante». Tenía un estilo pulcro, descrito como una «versión Brooks Brothers» de un gurú, y era sumamente exigente con la forma de vestir y comportarse de sus seguidores. Además, fue un pionero en la promoción del bienestar («wellness») y el máximo rendimiento personal, algo que encajaría perfectamente en la actual era del narcisismo que atraviesa las redes sociales. von Mierers no se escondía; de hecho, tenía su propio programa de televisión de acceso público y un programa de radio en Nueva York para difundir sus profecías y misticismo. Se le describe como un narcisista que se rodeaba estratégicamente de jóvenes atractivos, ambiciosos y bien conectados. Sabía jugar con la vulnerabilidad de sus seguidores; a Hoyt Richards, por ejemplo, lo convencía de darle dinero diciéndole que otras personas del grupo habían «caído en desgracia» y necesitaban ayuda económica. Progresivamente, el gurú transformó Eternal Values en un lucrativo negocio llamado Ultimate Fitness Opportunities (jugando con las siglas UFO).

La vida de Richards en los 80 era un ejercicio de disonancia cognitiva al límite. Podía estar volando en primera clase a París para una campaña de Valentino, alojado en hoteles de cinco estrellas, y al aterrizar en Nueva York, correr a limpiar los baños del apartamento de la secta. Richards no se veía a sí mismo como una víctima, sino como un iniciado que había «salido de la Matrix». Lo más perverso del funcionamiento de Eternal Values era cómo utilizaba el éxito profesional como validación del dogma. De esta forma, cada vez que Hoyt cerraba un contrato millonario, Von Mierers le aseguraba que era gracias a su «alineación espiritual». De este modo, Richards terminó financiando la construcción de su propio cautiverio, entregando millones de dólares para comprar propiedades en Carolina del Norte. Como el mismo Richards dice, «ahora puedo mirar atrás y ver que había una prisión mental… pero yo mismo la financié».

Se animaba a los miembros a rodearse de glamour y lujo, asistiendo a lugares exclusivos como la conocida discoteca Studio 54, pero bajo la estricta directriz de mantenerse emocionalmente desapegados de ese entorno, viéndolo como algo que no era «real». El grupo fomentaba que sus seguidores comieran de manera saludable y les prohibía terminantemente el consumo de alcohol y drogas para mantener su desempeño al máximo y estar preparados para esperado fin del mundo. Durante sus primeros años, el grupo imponía el celibato absoluto, considerándolo fundamental para la vida espiritual. Más adelante, esta regla dio un giro radical: el gurú prohibió el celibato y exigió a los devotos mantener encuentros sexuales casuales entre ellos, pero con la condición obligatoria de no involucrarse sentimentalmente ni crear apegos. Les decían que sus padres los habían «lavado el cerebro» y que sus familias, de forma inconsciente, intentarían arrastrarlos de vuelta a «Matrix», por lo que debían mantenerse aislados de ellos. Cuando un miembro se desviaba de las reglas, era sometido a sesiones de «corrección espiritual» («slamming sessions») que consistían en horas de gritos, insultos y humillación pública por parte de Von Mierers y el resto del grupo.

Von Mierers murió en 1990 por complicaciones del SIDA, un hecho que ocultó celosamente para mantener su imagen de ser superior e inmortal. Mantuvo su diagnóstico en secreto para casi todos sus seguidores, a excepción de su asistente. Su muerte ocurrió pocos días antes de que la revista Vanity Fair publicara un extenso reportaje exponiendo sus fraudes con las piedras preciosas. Según el documental «Bring Me the Beauties», existe un rumor no confirmado entre sus exseguidores que sugiere que von Mierers no murió naturalmente por la enfermedad, sino que fue asfixiado con una almohada por un miembro del grupo en un acto de «homicidio compasivo». El reportaje en cuestión de la revista Vanity Fair, escrito por Marie Brenner y publicado en marzo de 1990, funcionó como la exposición pública definitiva del grupo «Eternal Values». El reportaje detalló cómo von Mierers explotaba financieramente a sus seguidores vendiéndoles piedras preciosas (como zafiros y topacios) a precios sumamente inflados, engañándolos con la idea de que estas tenían poderes curativos. Para sustentar la investigación, el artículo incluyó entrevistas y testimonios de antiguos miembros, como la modelo Jacki Adams, a quien el líder llegó a cobrarle más de 100.000 dólares en su supuesta búsqueda de «espiritualidad».

Tras su muerte, el grupo se trasladó a Carolina del Norte y adoptó un nombre más corporativo: The Lotus Group. Von Mierers había comprado este terreno previamente para que sirviera como pista de aterrizaje para las naves espaciales que supuestamente los rescatarían del apocalipsis. Allí, el control pasó a manos de Fritz Diekmann, un ejecutivo de televisión que intensificó el abuso. La benevolencia de Von Mierers fue reemplazada por una crueldad abierta. El fallecimiento de von Mierers dejó un vacío de liderazgo que Fritz Diekmann, un ejecutivo de televisión y miembro del grupo, intentó ocupar, lo que terminó dividiendo a la secta en dos facciones. A los seis meses, la facción que incluía al modelo Hoyt Richards organizó un motín, encerró a Diekmann en su propio apartamento y lo obligó por la fuerza a ceder el control. El personaje que tomó las riendas tras el motín sentía un profundo resentimiento hacia Hoyt Richards. Durante la era de von Mierers, Richards había sido tratado con favoritismo por ser la «gallina de los huevos de oro» que financiaba a la secta. Bajo el nuevo liderazgo, Richards enfrentó una década de maltrato extremo, al punto en que el nuevo líder lo humillaba diciéndole que deseaba que se suicidara para dejar de lidiar con él. En esta nueva etapa, los devotos castigados eran sometidos a trabajos forzados, se les rapaba la cabeza (lo que arruinaba sus carreras de modelos) y sufrían abuso psicológico severo, al punto en que los líderes incitaban a algunos miembros a suicidarse.

Cuando Richards confesó que dudaba del grupo y admitió tener una relación secreta con una mujer llamada Donna, enfrentó represalias importantes. Fue sometido a nueve semanas de agresivas sesiones nocturnas de humillación, le asignaron un apodo degradante («Dipsh-t»), lo forzaron a realizar trabajos manuales y le raparon la cabeza, una táctica que arruinó cualquier posibilidad de que continuara trabajando como modelo. Von Mierers había profetizado que el mundo sería destruido por un «cambio de polos» en el año 1999. Cuando el año llegó y el apocalipsis no ocurrió, las mentiras fundamentales del grupo quedaron en evidencia, lo que ayudó a que miembros como Richards finalmente abrieran los ojos.

La salida de Richards de este laberinto mental fue resultado de una amistad que no pedía explicaciones, la de su amigo Fabio Lanzoni, el icónico modelo de portadas románticas. Para Richards, Fabio era «como conocer a Thor»: una figura imponente pero con una sabiduría instintiva y una elegancia natural. Cuando Hoyt finalmente huyó en 1999, tras evidenciar que el apocalipsis prometido no ocurría en las calles de Londres o París, se refugió en la casa de Fabio en Los Ángeles. Durante 18 meses, Fabio le permitió incubar su libertad. No hubo interrogatorios ni juicios; Fabio simplemente lo llevó al gimnasio y le dio un espacio seguro para que su mente comenzara a desprogramarse por sí sola. Este puente incondicional fue el único camino de regreso a la realidad. Finalmente, en 2002, los abogados de Richards lograron un acuerdo legal con los miembros restantes, liquidaron los activos del grupo, y la organización cesó de existir por completo.

Según los testimonios recopilados en el documental, no todos los antiguos seguidores de Frederick von Mierers comparten la visión de Hoyt Richards ni están convencidos de haber estado involucrados en una secta. En lugar de percibir manipulación, estos antiguos devotos consideran que las enseñanzas del grupo eran esencialmente estudios de autoayuda. Veían a la organización en sus inicios como un espacio altruista cuyo objetivo principal era el crecimiento personal y ayudar a cada individuo a alcanzar la mejor versión de sí mismo. Al mirar hacia atrás, afirman que lo que aprendieron y las experiencias que vivieron dentro del grupo fueron genuinamente positivas y constructivas para sus vidas.

La historia de Eternal Values no es un fósil de los 80. Sus ecos resuenan hoy en fenómenos digitales como el «looksmaxxing» (popularizado en los fosos incel) o la cultura del biohacking extremo (optimización de la belleza y la longevidad a través de la ciencia), donde la optimización del cuerpo y la sumisión a gurús del bienestar operan bajo lógicas de validación similares. La «prisión mental» de Richards (analógica) se ha transformado en la «prisión del algoritmo» (digital), donde seguimos entregando nuestro poder a figuras que prometen una perfección inalcanzable.

La reconstrucción de Hoyt Richards es, no obstante, un testimonio de supervivencia. Tras 25 años de terapia, este septiembre se casará con Donna, la mujer con la que mantuvo una relación secreta durante cuatro años dentro de la secta. Un acto de rebelión silenciosa que, al final, fue lo que mantuvo su humanidad intacta. Como advierte Richards, el peligro no está en ser «débil», sino en creer que uno es demasiado inteligente como para ser manipulado.