La organización panameña conocida como «Power Mantra», liderada por Christopher Prasad y Marcia Tibisay Caputti Lovera, ha funcionado a lo largo de estos años bajo diferentes nombres como «Misión Dorada», “Espacio Espiritual” o incluso «Sociedad del Divino Mantra», desarrollando sus actividades a través de diversos centros de yoga. La detención de sus líderes en Panamá en febrero de 2023, en el contexto de la “Operación Omega”, marca el hito más reciente en una historia de intervenciones policiales y deportaciones que se remonta a finales de los años 90. De hecho, este grupo ha sido descrito como una secta destructiva, responsable de una vasta gama de delitos que abarcan desde la explotación laboral o la trata de personas, hasta abusos sexuales, pedofilia, tráfico de drogas e incluso asesinatos selectivos.
Ahora, cinco de sus integrantes, incluyendo a sus líderes, se ven enfrentados a un juicio penal que arranca hoy mismo en Panamá.
Sus inicios se sitúan en torno a 1990, tras la muerte en circunstancias no del todo esclarecidas de Jesús Mijares (Avadhuta Maharaja), pionero del movimiento Hare Krishna en Venezuela. Prasad, que carecía de las credenciales tradicionales y había sido expulsado de un monasterio en India por forzar sexualmente a una joven, se aprovechó de la ausencia del líder original para modificar la filosofía a su conveniencia y usurpar la devoción de los devotos. A través de décadas de existencia, se ha extendido en países como Venezuela, República Dominicana, Estados Unidos, México, Colombia, Argentina, India, Italia, Costa Rica o Panamá. La mayoría de las personas que formaban parte de esta comunidad se unieron con la intención de desarrollar su espiritualidad, atraídas por la estética de la cultura hindú, el yoga, el vegetarianismo y tal vez incluso buscando una espiritualidad alternativa a la religión católica.
Sus antiguos integrantes describen al grupo como “una mafia estructurada bajo un barniz de espiritualidad védica”. Su fundador, Christopher Prasad (alias Gurudeva, Badrinarayana o Judisthir Singh), es un ciudadano canadiense nacido en la Guyana en 1953, proveniente de Toronto y que arrastra un historial importante de consumo de drogas. En cuanto a Marcia Tibisay Caputti (alias Vrindavanesuari, Pujesuari, Puja Shakti o Pionera), es una psicóloga venezolana nacida en 1954 y que funciona a la práctica como la estratega de Power Mantra. Mediante el «Manual Blanco», Caputti diseñó sesiones de «terapia» donde se obligaba a los adeptos a revelar vulnerabilidades, abusos previos o carencias afectivas. Esta información, lejos de ser tratada con ética profesional, se utilizaba para romper la identidad, chantajear emocionalmente y generar una mayor dependencia a las enseñanzas de Power Mantra, que prometen alcanzar “la felicidad suprema”. El impacto de este manual fue garantizar la docilidad total; los adeptos no solo temían a los gurús, sino que estaban convencidos de su propia incapacidad para operar fuera del grupo, permitiendo décadas de abusos sin denuncias formales.
Atraen a personas mediante el yoga y el vegetarianismo. Rápidamente, aíslan al nuevo devoto de su familia, describiendo a los familiares como «tóxicos» para el crecimiento espiritual. El gurú es el encargado de escoger los nuevos nombres de sus seguidores, desvinculándolos así de su pasado. En su día a día devocional, desarrollan actividades a lo largo de jornadas extenuantes hasta la medianoche con despertar antes de las 5:00 a.m. A los devotos, se les impone una dieta vegetariana alta en carbohidratos que deriva en grados variables de malnutrición y una mayor docilidad. De acuerdo con el testimonio de antiguos devotos, se les administran de microdosis de opioides en los zumos o las comidas, sin consentimiento alguno. Bajo el pretexto de un servicio espiritual (“sankirtan”), los miembros son llevados a terminar vendiendo diferentes artículos (incienso, joyería, ropa) en las calles, sin remuneración alguna, destinándose el dinero a fines tales como sostener los lujos personales de los gurús o su asistencia a casinos. La cantidad que deben recaudar los devotos a través de la venta callejera es de unos 160 dólares diarios, bajo una presión psicológica y espiritual constantes. Los devotos se ven obligados a pedir permiso cada vez que quieren comprarse alguna cosa, viéndose incluso obligados a presentar los correspondientes recibos como para demostrar que no se habían gastado de más. Asimismo, la experiencia de aquellos que formaron parte apunta a que tienden a romper matrimonios estables para forzar nuevas uniones seleccionadas por el gurú.
En este mismo sentido, separan a los niños de sus padres para adoctrinarlos en la idolatría absoluta al gurú. Los niños eran separados de sus padres desde corta edad, bajo el pretexto del «desapego material» e internados en espacios vinculados al grupo donde sufrían castigos, trabajos forzados e incomunicación (gurukulas al estilo de los Hare Krishna). Los niños que nacieron dentro describen que se les enseña que la educación no es necesaria y que la mejor preparación la encontrarán dentro de las enseñanzas de Power Mantra. En muchas actividades públicas, el gurú se rodeaba de niños hijos de los devotos, a los cuales incluso besaba en los labios, hecho que era interpretado por los menores como “es el abuelito”, restando de esta manera importancia al hecho abusivo.
Los dos responsables de esta comunidad, arreglaban matrimonios o los disolvían cuando consideraban. A finales de los noventa, implementaron el voto de «Pioneros» (celibato forzado), lo que provocó la separación sistemática de parejas estables. El objetivo de esta medida de coacción fue forzar la separación de matrimonios estables; se buscaba marginar y expulsar a los hombres, para dejar un mayor acceso sobre las mujeres. En esa época, un grupo de exmiembros liderado por Ángel Gragirena, intentó denunciar los secuestros y la explotación ante las autoridades venezolanas. La organización respondió con violencia: se ordenó a Simón Guaicaipuro Betancourt (Mukunda) —quien operaba como líder de una violenta banda armada llamada «Los Sanguinarios»— la ejecución de Gragirena mediante sicariato, un crimen perpetrado frente al propio hijo de la víctima en el año 2000 . Mukunda fue presuntamente asesinado poco después, en un acto que se sospecha buscaba silenciar su participación. Por su parte, Caputi, aseguró que ellos no tenían relación alguna con esos casos y que “todo era parte de una campaña para dañar al templo”.
Ante las noticias aparecidas en prensa por los asesinatos y desapariciones, la cúpula inició una huida transnacional. Entre 2003-2004, se dirigieron a la India y a la República Dominicana. Durante un prolongado viaje a India en 2003, los gurús retuvieron los pasaportes de sus adeptos; en este viaje, Prasad dejó de ocultar su consumo de alcohol y drogas, y los abusos sexuales se hicieron más abiertos y descarados según describieron varios exmiembros en sus respectivas denuncias. Tras mudarse a Santo Domingo, una denuncia por trata y secuestro de menores desencadenó un allanamiento policial en 2004, pero finalmente fueron deportados y huyeron sin condenas efectivas. Entre 2004-2010, pasaron por México, operando desde hoteles, y sus actividades incluyeron también el empleo de drogas y actos de violencia física. Tras ser expulsados de México, el grupo se refugió manteniendo un perfil muy bajo en Costa Rica durante cinco años. Desde el 2010, la comunidad se estableció en Panamá, donde sofisticaron su lavado de activos operando a través de alguna empresa vinculada a la restauración, como parece ser el caso de Panama Ambrosia Internacional S.A.
El pasado 2023 la policía lleva a cabo un allanamiento de la sede central del grupo en la República de China 10 (Panamá). El atestado de “Operación Omega” describe en al grupo como “una secta destructiva hinduista” . Cuando se realizó el allanamiento, todos los menores hijos de los devotos estaban en la casa del gurú, estando ausentes los padres, en tanto que desde pequeños se les adoctrina en que lo mejor es una separación de la propia familia. El escrito de la Fiscalía Primera Superior especializada contra la delincuencia organizada, determinó que a los devotos se les administraban drogas para ser abusadas sexualmente a posteriori, enviándoles a la calle a mendigar o recabar dinero a través de la venta ambulante. Tras la detención, el gurú quedó en arresto domiciliario, desde el cual continuó recibiendo la visita de sus adeptos, pese a argumentar encontrarse «enfermo» y no poder atender a nadie.
La organización enfrenta a partir de hoy un proceso judicial por presunta trata de personas en la modalidad de explotación laboral, sumado a graves acusaciones públicas por parte de las víctimas que señalan abusos deshonestos y tocamientos inapropiados hacia menores de edad dentro de las conferencias y actividades del grupo. Aunque el caso ha logrado avanzar a los tribunales, diferentes exmiembros denuncian que las redes de influencia del grupo e intimidaciones a testigos siguen activas a nivel internacional.