¿Puede un grupo artístico derivar hacia un funcionamiento tipo-secta?. El «Atelier do Centro», que operó bajo la fachada de una escuela de artes plásticas en el centro de São Paulo durante dos décadas, constituye un caso paradigmático de que tal posibilidad es factible. La mencionada Escuela estaba liderada por Rubens Ferreira do Espírito Santo -una persona sin formación secundaria formal que se autodenominaba artista, pensador y pedagogo-, funcionando inicialmente como un colectivo artístico antes de mutar hacia una estructura con un funcionamiento sectarizado. De hecho, a principios de la década de 2000, en el edificio de apartamentos Copan, el espacio operaba como un colectivo igualitario donde artistas adultos discutían y compartían gastos sin jerarquías. Sin embargo, la estructura mutó cuando el líder comenzó a definir su método artístico para potenciar el desarrollo espiritual, elaborando «El Método». La estrategia de captación y retención del grupo se basaba sistemáticamente en la explotación de la vulnerabilidad emocional. El fundador de esta escuela atraía a jóvenes que, en su inmensa mayoría, provenían de clase alta y adinerada de Brasil, pero que atravesaban crisis vitales agudas como divorcios, duelos, ideación suicida o trastornos alimenticios. Por ejemplo, una de las principales denunciantes -la artista Mirela Cabral-, testificó en Juzgados haber llegado al centro pesando apenas 48 kilos al atravesar una anorexia, una vulnerabilidad que Ferreira instrumentó obligándola a recluirse y comer con las manos, presentándolo engañosamente como una «confrontación terapéutica».
El mismo Ferreira, exigía ser tratado como «maestro», mientras que sus seguidores asumían una identidad subordinada como «discípulos». El adoctrinamiento y la anulación sistemática de la autonomía se formalizaban a través de un estricto reglamento interno, conocido ostentosamente como el «Método RES». Los discípulos debían acatar una cartilla de más de cincuenta mandamientos que regían tanto el intelecto como la intimidad corporal, imponiendo desde la obligación de dominar los idiomas inglés, alemán y francés, hasta reglas profundamente invasivas como la prohibición estricta de que las mujeres utilizaran ropa interior de color piel o la directriz ineludible de lavarse únicamente con agua caliente. A nivel puramente ideológico, se desdibujaban intencionalmente las barreras morales y éticas; de hecho, en las clases se construían diagramas donde la figura del «discípulo» se vinculaba explícitamente con conceptos antagónicos como «milagro», pero también con «violencia» y «violación». De este modo, el fundador establecía relaciones con sus alumnos por las que los secuestraba psicológicamente, aislándoles de sus referencias externas y creando un vínculo de dependencia total donde las víctimas creían que su salud e integridad dependían exclusivamente del líder.
La consolidación de esta estructura de poder absoluto se garantizaba a través de un ecosistema de abuso físico y psicológico normalizado frente al resto de la comunidad. Los relatos de exmiembros de la escuela, exponen una rutina sostenida de terror donde eran comunes los insultos, los gritos, los tirones de cabello hasta arrojar a las víctimas al suelo y las brutales patadas contra estudiantes indefensos mientras los demás miembros del grupo observaban en silencio. El sadismo físico escaló a niveles ritualísticos: el fundador realizaba tatuajes aplicando extrema fuerza mientras las alumnas lloraban de dolor, y utilizaba bisturíes o navajas para realizar cortes en la carne de los discípulos, con el objetivo de extraer sangre y usarla como pigmento en los lienzos. El ecosistema de terror psicológico con el que se subyugaba a los adeptos incluía: una colección de navajas (usadas para realizar cortes ritualísticos en la piel de los discípulos), medallas nazis y una alfombra con lo que parecía ser una extensa mancha de sangre. El líder alternaba agresiones brutales (escupitajos, tirones de cabello, bofetadas y patadas) con fases de «luna de miel», donde ofrecía validación intelectual y afecto esporádico. Este ciclo de abuso y falsa recompensa minaba la autoestima de las víctimas y las aislaba del mundo exterior. Como resultado, los discípulos escribían cartas declarando su devoción absoluta, idealizaban cualquier acto del líder e incluso permitían ser tatuados o marcados con cruces de navaja como prueba de lealtad física y emocional.
El componente de abuso sexual era disfrazado hábilmente bajo el argumento perverso de representar un «contexto artístico» o una experiencia estética radical, una argucia instrumentalizada para evadir el consentimiento real y quebrantar la voluntad. Las «sesiones artísticas», incluían castigos que forzaban la desnudez de los alumnos, la exigencia de producir fotografías humillantes de contenido sexual explícito ordenadas por el maestro y la imposición de prácticas vejatorias aberrantes. Un incidente flagrante expuesto por el exalumno Dudu Farah quien detalló cómo, durante un almuerzo grupal, Espírito Santo ordenó a una discípula que se quitara los pantalones y la ropa interior, para posteriormente instruir a Farah a practicarle sexo oral bajo la presión ineludible de todo el colectivo, ilustrando la aniquilación de la agencia personal en la secta.
La obediencia total garantizaba, a su vez, una implacable maquinaria de explotación económica y esclavitud laboral. Además de exigir mensualidades prohibitivas que podían variar entre los 1.000 y 3.000 reales, el gurú confiscaba directamente los ingresos paralelos de sus estudiantes, exigía que su comunidad financiara lujos personales como la compra de puros y las compras de su propio supermercado, y coaccionaba a sus discípulos a asumir un pacto financiero de por vida para adquirir obras de arte de su autoría mediante un esquema llamado «Fondo de Colección de Arte». Simultáneamente, los alumnos eran degradados a roles de servidumbre total, viéndose forzados a trabajar sin ninguna remuneración económica como cocineros, limpiadores y asistentes financieros personales del «maestro».
La longevidad de esta secta abusiva se sostuvo en gran medida gracias a la inacción del ecosistema cultural, la romantización del artista incomprendido y el escudo protector que brindaban los prestigiosos apellidos de algunos adeptos, entre ellos la hija del CEO de una institución bancaria y presidente de la Fundación Bienal de São Paulo. El cerco del silencio y la disonancia cognitiva finalmente se rompieron en septiembre de 2022, cuando Mirela Cabral y otras dos víctimas se presentaron ante una comisaría para registrar denuncias policiales formales. La visibilidad de las prácticas coercitivas llegó de la mano del podcast de investigación periodística «O Ateliê», dirigido por Chico Felitti y Beatriz Trevisan, cuya repercusión masiva forzó el cierre definitivo del Atelier do Centro a principios de 2023. El avance de las emisiones del podcast forzó la actuación acelerada de las autoridades. Antes de que saliera al aire el tercer episodio del programa, la Policía Civil de São Paulo ejecutó órdenes de allanamiento e incautación, tanto en las instalaciones de la escuela como en el apartamento privado del líder. La presión mediática también provocó que decenas de antiguos alumnos, que hasta entonces guardaban silencio por miedo o disonancia cognitiva, se presentaran ante las autoridades para respaldar las denuncias de violencia. Para el mes de marzo de 2023, el nivel de atención pública se volvió insostenible para el grupo; el podcast alcanzó entre 4 y 5 millones de descargas. Fue bajo esta monumental presión social y legal que el Atelier do Centro clausuró sus operaciones de forma definitiva.
El episodio final incluyó una tensa entrevista con el mismísimo Rubens Ferreira. En ella, fiel al comportamiento de un cabecilla acorralado, no mostró arrepentimiento, sino que desestimó el concepto de coerción asimétrica, argumentando frívolamente que todas las agresiones —incluso proponer perforar la carne de un alumno— eran válidas si lograba que estos dijeran que sí. El líder se negó a responder directamente a las acusaciones. En su lugar, justificó la dinámica abusiva comparando su escuela con tribus indígenas, clubes de sadomasoquismo y sesiones de psicoanálisis, argumentando un supuesto «consentimiento» entre adultos y jactándose compulsivamente de su biblioteca, su apartamento y el estatus social multimillonario de sus alumnos Esta grabación terminó por aniquilar cualquier defensa ética sobre la supuesta naturaleza pedagógica del lugar.
Mientras las autoridades de São Paulo procesan cargos criminales por violación sexual mediante fraude y privación de libertad, Rubens Espírito Santo rechazó cualquier indicio de coerción asimétrica, justificando los abusos físicos, psicológicos y sexuales en comunicados públicos como simples «experiencias radicales» o excesos estrictamente consensuados por sus seguidores. Ante el escrutinio ineludible y masivo generado por el podcast, la secta colapsó operativamente y cerró sus puertas, provocando allanamientos policiales. El espacio físico del Atelier, ubicado en el centro de São Paulo, fue cerrado permanentemente poco después de que las denuncias se hicieran públicas. Rubens Espírito Santo, quien anteriormente gozaba de prestigio entre ciertos coleccionistas y críticos, ha quedado marginado del circuito institucional del arte. En paralelo, la denunciante principal, Mirela Cabral, debió lidiar con la hostilidad y el cuestionamiento en redes sociales (la exigencia social de la «víctima perfecta»), pero logró sublimar su trauma a través de la creación artística en una exposición catártica en Londres, cerrando el ciclo de victimización para recuperar su autonomía.
En noviembre de 2024, Rubens Espírito Santo fue condenado a 15 años de prisión en régimen cerrado por el delito de violación sexual mediante fraude contra tres exalumnas. La sentencia fue dictada por la jueza Roberta Hallage Gondim Teixeira, de la 4ª Vara Criminal de São Paulo. Aunque fue condenado, se le permitió recurrir la sentencia en libertad. Por lo tanto, hasta que se agoten los recursos en instancias superiores (Segunda Instancia o tribunales superiores), sigue respondiendo al proceso fuera de la cárcel.
El ámbito de las artes (pintura, teatro, danza) es especialmente vulnerable a este tipo de dinámicas porque la línea entre el «sacrificio por el arte» y el abuso suele ser muy delgada. En el arte, se suele romantizar la idea de que el maestro debe «romper» al alumno para que aflore su creatividad. De hecho, hace ya bastantes años publiqué un artículo al respecto de una escuela de jazz que se deslizó hacia un funcionamiento tipo secta. Pero podemos encontrar otros casos que guardan claros parecidos con el esquema de O Atelier. Por ejemplo, el caso del Instituto Sullivan, es probablemente el que guarda mayores parecidos con el Atelier do Centro en el mundo del teatro. En aquel caso, lo que comenzó como una comunidad de psicoanálisis en los años 50, derivó en una secta que controlaba una compañía de teatro off-Broadway llamada The Fourth Wall. Los líderes dictaban con quién debían dormir los actores, les prohibían tener contacto con sus padres (a quienes llamaban «unidades biológicas») y los obligaban a trabajar gratis en la compañía de teatro. Se utilizaba la «terapia» y la «formación actoral» para humillar a los miembros y mantenerlos en un estado de confusión constante.
El caso de Jan Fabre es otro que guarda ciertos parecidos. Se trata de uno de los artistas visuales y directores de teatro más prestigiosos de Europa. En 2018, fue denunciado por 20 exintegrantes de su compañía por abusos que recordaban mucho al método de Rubens. Fabre utilizaba su estatus de «genio del arte contemporáneo» para justificar jornadas de ensayo de 15 horas sin comida, humillaciones verbales y lo que él llamaba «intercambios sexuales» a cambio de papeles o visibilidad. Las víctimas describieron una cultura de «sexo por carrera» y rituales de humillación pública bajo el pretexto de «explorar los límites del cuerpo». En 2022, Fabre fue condenado a 18 meses de prisión (suspendida) por acoso y violencia de género.
Finalmente, el Grupo de Estudio «Odyssey» (Nueva York). En las décadas de los 70 y 80, este grupo atrajo a cientos de actores, músicos y pintores de la escena neoyorquina. Se basaba en las enseñanzas místicas de Gurdjieff. Los alumnos eran obligados a realizar «movimientos sagrados» y tareas extenuantes. El líder, Sharon Gans, utilizaba la información privada de los alumnos para humillarlos en «clases de crítica» frente a todos. Muchos artistas entregaban sus ingresos y vivían en condiciones precarias mientras los líderes se enriquecían.





