En el panorama de las derivas sectarias que operan bajo fachadas culturales y terapéuticas, la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero representa un caso particular. Fundada en 1981 en Madrid por el difunto médico argentino Miguel Óscar Menassa, esta organización se presenta al mundo como «la vanguardia absoluta del pensamiento científico», autoproclamándose como la «máxima modernidad del psicoanálisis». Sin embargo, detrás de su prolífica producción editorial (¡aproximadamente unos 300 libros autopublicados por ellos mismos!), encontramos una estructura orientada a sostener el culto a la personalidad de su fundador.

Precisamente, el pasado 28 de marzo de 2026, en el Centro Cultural Casa de Vacas (Madrid), se llevó a cabo una actividad para conmemorar el segundo aniversario del fallecimiento de su fundador. Durante el mismo, la presentadora e hija del fundador, tuvo un lapsus al mencionar al poeta Vicente Aleixandre antes de reiterar que fue su padre quien recibió una nominación al Nobel de Literatura dos veces, lo cual, como ya expliqué en algún otro artículo, no fue más que una estrategia impulsada por sus mismos acólitos para dar visibilidad a su fundador .Si bien sus devotos sostienen reiteradamente que el impacto de la obra de Menassa en España es profundo, lo cierto es que, en la práctica, su producción tan solo la conoce su propia Escuela. La actividad del grupo se articula en torno al culto a la personalidad de su fundador. Se le describe con una reverencia absoluta, presentándolo como un genio multidisciplinar (“poeta, médico, psicoanalista, pintor y director de cine”) cuya obra es «inmortal», «transformadora» y «verdadera». Sus seguidores se sitúan en una posición de sumisión, declarándose en «constante deuda» con él y afirmando que la feminidad de las mujeres del grupo «se fue construyendo al lado suyo».

El Grupo Cero no se presenta como una simple escuela de formación, sino que se autodefine como un «movimiento científico cultural» que custodia «el legado vital» de su líder desde hace más de 40 años. El grupo sostiene poseer «la psicología más avanzada», presentándola no como un modelo teórico-clínico más, sino como un producto superior a cualquier otra disciplina, como puede apreciarse en los videos de una de sus más fieles devotas. Para mantener tal supremacía, descalifican agresivamente cualquier otra disciplina (neurociencias, psicología cognitivo-conductual, medicina moderna e incluso todas las escuelas de psicoanálisis que no sean la suya), asegurando que los profesionales externos operan con un «pensamiento todavía antiguo». Sus devotas, por ejemplo, desprecian abiertamente a las neurociencias y a la psiquiatría moderna, afirmando que los profesionales o investigadores que buscan bases biológicas o cerebrales para los procesos mentales «siguen atrasados en el proceso histórico del desarrollo de las ciencias». Además, se utiliza un tono condescendiente hacia el público general, insinuando que quienes no examinan sus pensamientos bajo su paradigma van «como borregos al matadero».

La narrativa verborreica que sostiene el Grupo Cero, afirma que las relaciones familiares son neuróticas, controladoras o incestuosas si no se transforman bajo el prisma de su particular propuesta “terapéutica”, describiéndolas en ocasiones como «relaciones de destrucción». Los adherentes-pacientes de Escuela viven bajo la fórmula de “una familia ampliada”, compartiendo casa “una o varias parejas con sus niños, que viven juntas […] con otras personas no necesariamente emparejadas. Comparten el dinero, las responsabilidades y el trabajo”. Los adherentes de la Escuela viven aislados en lo que ellos mismos definen como una «esfera burbuja poética», un microcosmos donde creen estar a salvo de la «maldad del mundo», de «la mentira», de los «imbéciles» y de los «necios» del exterior. Para mantener esta burbuja, se les exige anteponer el grupo a sus relaciones familiares, inculcándoles que deben tener «un proyecto social, algo que sea más grande que una familia» y vivir «una experiencia fuerte en lo grupal». Se les instruye para romper la comunicación de sus problemas íntimos o laborales con sus familiares o amigos externos bajo la excusa de que estos los estropean o interfieren, promoviendo que su única red de desahogo y verdad sea la Escuela. No viven una vida de ocio o descanso, sino que operan como engranajes de una «máquina» institucional diseñada para producir incesantemente adherentes del Grupo Cero. El propio Miguel Óscar Menassa, al reflexionar sobre el modelo de vida de su Escuela, la definió como una de esas «pequeñas comunidades que están dispuestas a respetar la ley que los constituye». Y la «ley» a la que se refiere, es la que obedece al mandato de Menassa. Esta convivencia es tan íntima que sus propias producciones cinematográficas -si es que pudieran definirse como tal- son descritas explícitamente como «cine en casa», realizadas en sus propios espacios y utilizando a los miembros como técnicos y actores gratuitos. Menassa también menciona que ciertas ideas para películas surgen simplemente «paseando por la calle en nuestro piso con una señorita», lo que denota que su espacio doméstico es compartido con sus seguidoras y utilizado como un set de trabajo constante.

El mensaje de la Escuela funciona como un claro embudo de captación para vender seminarios, talleres, publicaciones y horas de psicoanálisis con sus acólitos. El objetivo final del entramado es retroalimentar su estructura («la máquina»), la cual se orienta a «producir psicoanalistas» y «producir poetas». Se estimula un embudo comercial constante invitando a inscribirse en sus seminarios, llamar a líneas de atención clínica o pagar por un proceso de psicoanálisis con miembros de su “avanzada Escuela”. Para asegurar la retención, se infunden temores, advirtiendo que las enfermedades mentales no tratadas -bajo su sistema- arruinarán el porvenir del alumno-paciente, recordándoles de forma apremiante que «vida solo hay una y nos vamos a morir» si no cuidan de su mente. Alejandra Menassa, por su parte, utiliza su figura de médico para dictaminar que enfermedades graves como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, los problemas tiroideos o los trastornos del sistema inmune tienen su origen en la angustia y en estados depresivos previos.

El difunto fundador de la Escuela, venerado por sus seguidores, era una persona que de forma arrogante no dejaba de afirmar de sí mismo “soy un genio”. Se comparaba con los grandes hombres del Renacimiento, presumiendo de dominar «14 disciplinas científicas» y haber amado a «123 mujeres». Afirmaba, asimismo, que desde su nacimiento habían intentado hacerle desaparecer sin éxito. Según su propio relato, antes de terminar sus estudios médicos ya era un psicoanalista sumamente avezado que contaba con «cientos de alumnos y pacientes». Su grandiosidad llegaba al extremo de preguntarse qué pasaría con el mundo cuando él muriera: «lo jodido es que soy un creador… ¿cómo mierda van a hacer después que yo desaparezca? ¿Qué mentira van a contar?«. Menassa se jactaba de su “producción”, cuantificándolo en 100 cuadros, 7.000 poemas y proyectando realizar «800.000 películas» con las mujeres de su entorno. Justificaba su comportamiento errático y su producción compulsiva como signos de genialidad. Reconocía que esta hiperproductividad no lo acercaba al mundo, sino que «le separaba de la gente, modelo que pretenden emular continuamente su reducido séquito, sintiendo que forman parte de un movimiento sin igual, que funciona como una nueva familia.

Sus discípulas lo elevan a la categoría de un maestro sin parangón, equiparándolo históricamente con Freud o Lacan, afirmando que su obra representa «la máxima modernidad del psicoanálisis».  Establecen una línea evolutiva estricta en su plan de estudios que culmina en el propio Menassa, utilizando a estos tres autores como sus pilares teóricos exclusivos. Menassa admitía también que las mujeres del grupo se enamoraban de él rápidamente, por lo que las pone a trabajar, a ganar dinero, a pintar y a escribir, y justifica que si al final le «odian» es simplemente porque él las transformó en «seres independientes» .

La “máquina” del Grupo Cero necesita retroalimentarse constantemente, lo que se traduce que sus alumnos-devotos deberán estar “produciendo” continuamente: escribiendo más libros, recitando los poemas de escasa calidad del fundador o grabando videos sin parar para saturar Internet (existen aproximadamente cerca de un millar de videos producidos por ellos mismos de modo compulsivo). En el discurso habitual de sus promotores, se detecta la obligación económica hacia la estructura de la organización. Se enuncia explícitamente en una de las películas de Menassa que «si no aprende a repartir en Cero, no te dejan crecer». Bajo esta premisa, se describen casos de miembros entregando donaciones injustificadas, como traer «30.000 euros por gracia».

El propio Menassa revelaba en sus charlas un patrón utilitario donde el papel real de la mujer es sostener la producción de la Escuela. De hecho, en la práctica, son las mujeres quienes realizan el trabajo logístico, técnico y de difusión indispensable para mantener el culto a la personalidad de Menassa. Dentro del organigrama de la Escuela, las mujeres con mayor rango, actúan como las principales evangelizadoras de la doctrina del Grupo Cero. Imparten cursos gratuitos para captar nuevos pacientes, dan clases y programas de radio defendiendo fervientemente el elitismo del grupo, enseñando a las nuevas generaciones a reverenciar y no cuestionar los preceptos de Menassa. Es el trabajo incesante de estas devotas —quienes ganan dinero en el exterior para inyectarlo en el grupo y realizan labores gratuitas como fotografiar obras, asistir en la pintura o filmar películas— lo que realmente capitaliza y financia a la organización. Al autodefinirse como «editorial de autor», el grupo se jacta de publicar decenas de títulos y promover a «poetas desconocidos nuevos». En el contexto de su funcionamiento devocional, esto significa que son los propios alumnos y discípulos quienes asumen los costes de producir, editar y consumir sus propias obras, manteniendo a flote la editorial con sus fondos personales. Más allá del dinero o del trabajo gratuito, la exigencia del grupo demanda la totalidad de la persona. En un momento de reflexión “poética”, al preguntarse sobre lo que implica entregarse al Grupo Cero («¿cuánto dinero cuesta eso?»), el propio Menassa responde de forma elocuente y lapidaria: «Tal vez su propia vida».

El fundador de la Escuela utilizaba el psicoanálisis para inculcar en sus seguidores que la falta de ambición económica es un síntoma de enfermedad mental. Llegó al extremo de afirmar que «el miedo del dinero es como el pánico homosexual que tienen algunos hombres». Según su doctrina, quienes le temen a tener mucho dinero buscan la pobreza, la mediocridad y se conforman con «trabajar solo para lo necesario». Con este discurso, se presiona para que generen ingresos constantemente, haciéndoles creer que su valía y salud mental dependerán de su capacidad para producir riqueza. Él mismo llegó a decir que la Escuela no habría existido sin el sacrificio financiero de sus discípulos, revelando que algunas seguidoras, llegaron a sacar créditos personales todos los meses para poder sostener económicamente el proyecto de Menassa.

El grupo se blinda contra cualquier crítica externa o duda interna. Si una persona encuentra cuestionable su sistema, no se admite que la Escuela pueda tener fallos; en su lugar, se culpa a la persona alegando que tiene «deformidades» mentales o que está atado a concepciones irracionales. Ahora bien, cuando uno revisa sus publicaciones, se aprecia claramente que ninguno de sus seguidores cuestiona ni un ápice de lo que Menassa sostenía. En lugar de un entorno académico donde el alumno pueda cuestionar críticamente, el Grupo Cero exige una sumisión devocional. Por ejemplo, durante la celebración del 83º cumpleaños de Menassa, los alumnos-devotos le dedicaron interminables poemas donde lo elevaban a la categoría de salvador, anulando cualquier posibilidad de crítica. Recitaron frases como: «nos has dejado unos anteojos multicolor para mirar la vida desde otra altura», «creador incansable de artes o «virtud de pocos», y le agradecen la sumisión identitaria: «quiero felicitarte por tu saber y agradecerte hacer de mí una mujer». De hecho, cuando Menassa enfrentaba críticas por parte de sus parejas o su entorno íntimo, jamás asumió haber cometido un error. Él argumentaba que los demás, simplemente, no podían tolerar su genialidad o su supuesto conocimiento psicológico. Por ejemplo, cuando falleció su hijo, Menassa “envió a todo el mundo a trabajar al día siguiente”, argumentando que él era el único que tenía claro que «la vida continúa», asegurando que, tiempo después, gracias a esa imposición, todos «le quisieron». La crítica inicial de su entorno es narrada solo para demostrar que él, al final, siempre tenía la razón.

Tanto su difunto fundador como los mismos adherentes a la Escuela Grupo Cero, afirman de forma grandilocuente haber recibido, supuestamente, el aval y reconocimiento de importantes figuras de la literatura, instituciones públicas o incluso galardones internacionales, los cuales utilizan como prueba de su pretendido prestigio o influencia. La organización destaca de forma reiterada que Menassa fue propuesto y nominado en dos ocasiones al Premio Nobel de Literatura, concretamente en los años 2010 y 2023. En los actos del grupo, sus seguidores lo adulan afirmando que posee «pluma de Premio Nobel y pincel de Picasso». Menassa mismo presumía de que, durante su trayectoria y su exilio en España, contó con la crítica favorable y el respeto de grandes literatos tales como Vicente Aleixandre (Premio Nobel de Literatura en 1977), de quien afirma haber recibido felicitaciones por su importante labor cultural, Leopoldo de Luis, poeta español que, según Menassa, le aconsejó por carta no dejarse influir por la poesía española y llegó a presentarlo ante otros jóvenes afirmando que «el maestro es usted» o el mismísimo Rafael Alberti, de quien relata que visitó la Escuela para un recital. El Grupo Cero también exhibe el supuesto respaldo de la clase política y social como una forma de validación. Para el homenaje de su hijo asesinado, publicaron una extensa lista de adhesiones de figuras de alto nivel, incluyendo entre otros a políticos como Alfonso Guerra, Josep Borrell, Julio Anguita, diputados, decenas de alcaldes españoles, representantes de universidades y medios de comunicación.

La Escuela, siguiendo las enseñanzas de su maestro, sostiene una postura donde se rechaza la monogamia como un estado natural, justificando abiertamente la promiscuidad. El mismo Menassa defendía el ocultamiento y la mentira como métodos válidos y necesarios para mantener la relación de pareja. Para aquél, el único propósito real e instintivo del amor y de la unión de pareja es la reproducción de la especie, un mandato biológico que está por encima de los sentimientos del individuo. Bajo esta premisa, pedía a sus oyentes que se quitaran de la cabeza la idea de la «pareja normal» y eterna. Él mismo predicaba con el ejemplo presumiendo de multiplicar sus relaciones, llegando a afirmar que un hombre con varias profesiones puede tener cuatro parejas simultáneas y totalmente diferentes sin que se den cuenta entre ellas. Además, bromeaba habitualmente con el hecho de acostarse con mujeres casadas y aprovecharse de la infidelidad de estas hacia sus maridos. Menassa establecía una regla estricta sobre la infidelidad: si se tiene una aventura o un amorío externo, jamás debe confesarse a la pareja principal. Argumentaba que, si uno experimenta un gran amor con un tercero, debe compartir esa energía amorosa en casa, pero «sin decirle que está enamorado de otra persona». Aunque teóricamente justificaba el engaño como un acto de protección, en la práctica y en su literatura exhibía un enorme cinismo sobre sus mentiras conyugales. Él mismo confiesa que a su mujer le «hacía creer cada cosa», como convencerla falsamente de que todos sus versos eran exclusivamente para ella. Asimismo, en su poesía confiesa abiertamente su deslealtad: «le prometí a mi mujer serle fiel hasta la muerte», para luego relatar cómo rompía constantemente esa promesa dejándose llevar por los vicios y la locura.

Frente a los ataques, Miguel Óscar Menassa adopta la postura de un mártir intelectual. Sus devotos siguen el mismo camino. El fallecimiento de su fundador ha concentrado todavía más la actividad de la Escuela en ensalzarlo para sostener su práctica desviada. Menassa aseguraba que «me persiguen por ser un libre pensador» y argumentaba que los Estados y sistemas actuales están organizados específicamente «para que no haya libre pensadores». Al hablar de las críticas públicas, Menassa relató cómo la prensa lo atacó por sus declaraciones, «el periodismo me tachó de la cultura» o que lo habían tratado «como el demonio « . En su visión, ser criticado y difamado no es prueba de que su grupo actúe erróneamente, sino la prueba de que su arte y su verdad «llega al alma de las personas y denuncia que hay un rincón de tu alma que está sucio», lo cual, según su particular lectura, generaba que los sectores de poder huyan de él. En definitiva, tanto Menassa como sus continuadores consideran que, cualquier crítica contra la Escuela, proviene de la enfermedad mental o la ignorancia del acusador. Para ellos, las acusaciones no son juicios válidos, sino reacciones de personas con «intereses heridos» o afectos alterados por verdades que la sociedad aún no está lista para aceptar.

Más allá de su retórica grandilocuente, el caso del Grupo Cero ilustra con claridad varios de los mecanismos clásicos de las derivas sectarias: la centralidad incuestionable de un líder incuestionable, la construcción de una burbuja ideológica impermeable a la crítica, el aprovechamiento económico y emocional de sus miembros y la progresiva sustitución de los vínculos externos por la dependencia absoluta del grupo. El envoltorio supuestamente poético o terapéutico, no neutraliza estos riesgos, sino que los hace más difíciles de identificar. La compulsiva producción del Grupo Cero no los ha llevado más que ha quedar aislados dentro de su propia burbuja, sin reconocimiento alguno por asociaciones profesionales nacionales o internacionales, sin intercambio ni comunicación con otras escuelas de formación y sin penetración alguna significativa en el medio cultural.