La Comunidad del Cordero es asociación de fieles fundada en la década de 1970 por Marie-Thierry Coqueray, conocida como la «Hermanita María». La fundadora se apartó de su congregación para adoptar un estilo de vida mendicante e itinerante. La comunidad se enmarca en la corriente carismática, aunque no se inscribe formalmente en ella, y busca un retorno a las fuentes de la Orden Dominicana. En febrero de 1983, la comunidad obtuvo el reconocimiento como «Pía Unión» -una asociación de fieles creada para fines de piedad o caridad- por parte de Monseñor Jean Chabbert, obispo de Perpiñán. Ese mismo año, el Maestro General de la Orden de Predicadores, Fray Vincent de Couesnongle, la acepta como una «rama naciente» de la familia dominicana. En junio de 1996, el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena y amigo de la fundadora, se convierte en el obispo responsable de la comunidad. En la actualidad, la comunidad se presenta como una Asociación Pública de Fieles en vías de convertirse en congregación. Cuenta con alrededor de 100 «hermanitas», 30 «hermanitos», así como de unos 100 laicos, habiendo extendido su presencia en Francia, España (Navalón, Madrid, Barcelona, Granada, Zamora y Valencia), Argentina, Estados Unidos, Italia, Austria, Polonia y Chile. Su casa madre se encuentra en Plavilla, en la diócesis de Carcasona (Francia). La comunidad no debe ser confundida con el «León de Judá y el Cordero inmolado» (actual Comunidad de las Bienaventuranzas) ni con las «Pequeñas Discípulas del Cordero».
A pesar de proyectar un ideal de pobreza evangélica y vida mendicante dentro de la esfera dominicana, la comunidad ha sido objeto de denuncias desde al menos 2009. Las alegaciones se centran en un liderazgo autoritario y manipulador por parte de la fundadora, descrito como el de una «madre abusiva». Los testimonios de exmiembros detallan un sistema de control psicológico, aislamiento, prácticas ascéticas extremas, así como explotación laboral, todo ello bajo una estructura de supervisión eclesiástica deliberadamente ambigua que diluye la responsabilidad entre varias diócesis y la Orden Dominicana. Recientemente, la situación ha evolucionado significativamente: en 2023, un grupo de exmiembros se organizó para denunciar los hechos y ofrecer apoyo, y en mayo de 2025, el Tribunal Penal Canónico Nacional (TPCN) de Francia inició un proceso canónico contra la fundadora por abuso de autoridad.
La estructura de gobierno de la comunidad es un punto central de las críticas, caracterizándose por una concentración de poder en la fundadora y una supervisión eclesiástica difusa que ha impedido una rendición de cuentas efectiva. Los exmiembros de la Comunidad del Cordero describen a la figura de la fundadora como central y dominante. Su liderazgo es calificado como «autoritario y mal inspirado», y su método de control es «el de una madre abusiva, a través del afecto»; según la experiencia de quienes estuvieron en la comunidad, la fundadora dirige la comunidad de manera arbitraria, convocando «capítulos» improvisados para discutir «cosas secretas», monopolizando la palabra en reuniones interminables y utilizando el chantaje emocional para asegurar la lealtad. Fray Jean-Claude Chupin, consejero espiritual de la fundadora, es una figura carismática y admirada. Sus predicaciones, centradas en el Evangelio, a menudo giran en torno a la obediencia. A pesar de su carácter afable, se le considera cómplice del sistema, pidiendo a los miembros que se «conviertan» en lugar de abordar las disfunciones. En cuanto a Fray François-Dominique, prior de los hermanos, es descrito como un comediante con una «elocuencia de actor que oculta una torpe rigidez».
La responsabilidad sobre la comunidad está fragmentada, lo que se considera un factor que ha permitido la perpetuación de los abusos. El cardenal Christoph Schönborn (Viena) es el obispo responsable, a pesar de la distancia geográfica. El Obispo de Perpiñán tiene autoridad sobre los sacerdotes incardinados. La Orden Dominicana tiene una autoridad limitada sobre laicos y monjas, pero no sobre las hermanas apostólicas. Esta «triple dependencia» crea una falta de claridad jurídica que, según los relatos de los exmiembros, ha dificultado cualquier intervención externa sobre la Comunidad.
Los testimonios de exmiembros, en particular el detallado relato de Julien Sapena («exhermanito» entre 2001-2002), describen un sistema de control y manipulación. Se fomenta una devoción hacia la fundadora y su consejero, Fray Jean-Claude Chupin, cuyas homilías son grabadas y transcritas para la posteridad. La Hermanita María utiliza la culpa y el chantaje afectivo, como cuando insiste en que «recen por mí, aunque sé que no lo harán», provocando una respuesta inmediata de sumisión. Se utiliza una ideología centrada en la idea de «herido(a), no dejaré de amar», de manera que cualquier persona que expresa dudas o críticas es etiquetada como «herida», neutralizando así cualquier oposición y negando la existencia de faltas graves. A diferencia de la tradición dominicana, se prioriza una vida de oración «hipertrofiada» sobre el estudio; la formación intelectual es reemplazada por una ideología comunitaria, lo que impide el desarrollo del discernimiento personal.
Por otra parte, los testimonios describen también un progresivo aislamiento y ruptura con el exterior. Durante los tiempos de Adviento y Cuaresma, por ejemplo, se prohíbe el contacto telefónico o por correspondencia con familiares y amigos. Las misiones externas se realizan siempre en parejas, no solo por imitar a los apóstoles, sino para que los miembros se «autocensuren mutuamente». La comunidad se mueve como una «entidad comunitaria, no como personas». Describen, asimismo, una vida de promiscuidad («vivimos unos sobre otros»), con muy pocas oportunidades para la soledad real, lo que dificulta la reflexión personal y la toma de distancia.
Adicionalmente, la experiencia de los que estuvieron en la Comunidad, subrayan prácticas físicas y litúrgicas extenuantes. La vida diaria incluye aseo con agua fría todo el año, lavado de ropa a mano, alimentación precaria dependiente de la mendicidad y dormir sobre superficies duras. Aunque se presentan tales prácticas como una ascesis, los testimonios sugieren que estas prácticas buscan «fatigar a los adeptos» y «domar la carne», fortaleciendo la cohesión del grupo. Las liturgias son descritas como excesivamente largas y teatrales, a veces durando toda una noche; incluyen cantos incesantes, múltiples posturas corporales (sentados, de pie, de rodillas, postrados, con los brazos en cruz) y procesiones agotadoras. Se considera que estas prácticas inducen a la «sumisión y el mimetismo», con la Hermanita María actuando como una «directora de escena frustrada». A ello se añade que los nuevos miembros firman un documento en el que se comprometen a no reclamar nada a cambio del trabajo realizado. La comunidad emprende grandes proyectos de construcción utilizando la mano de obra gratuita de sus miembros. El reclutamiento se enfoca cada vez más en jóvenes, a menudo sin experiencia profesional previa. Se les anima a «lanzarse» si sienten la vocación, sin un discernimiento adecuado. Las etapas de formación pueden prolongarse arbitrariamente durante años, asegurando la «perfecta maleabilidad» de los miembros.
Las preocupaciones sobre la Comunidad del Cordero no son nuevas, pero han ganado visibilidad en los últimos años, culminando en acciones concretas. En 2009, la asociación AVREF (Ayuda a las Víctimas de las Derivas de Movimientos Religiosos) recibe las primeras consultas sobre esta Asociación Pública de Fieles. Al año siguiente, la revista Golias publica un extenso artículo crítico, incluyendo el testimonio de Julien Sapena, cuestionando la decisión del programa de televisión «Le Jour du Seigneur» de retransmitir una misa desde la comunidad. En 2022, un nuevo testimonio procedente de Polonia confirma las denuncias anteriores. En 2023, cuatro exmiembros se dirigen a la Célula de Vigilancia de la Conferencia Episcopal de Francia. Es en mayo de 2025 cuando el Tribunal Penal Canónico Nacional (TPCN) anuncia el inicio de un proceso por «abuso de autoridad» contra la Hermana María, la fundadora. Aún se desconoce si el proceso incluirá a otros miembros que apoyaron sus acciones o si las autoridades eclesiásticas reconocerán su parte de responsabilidad.
La Comunidad, por su parte, ejerció su derecho de réplica a una publicación de AVREF para «restablecer la verdad» frente a lo que considera una serie de informaciones «inexactas, erróneas y difamatorias». Por un lado, la Comunidad del Cordero afirma categóricamente que es una institución plenamente reconocida dentro de la Iglesia Católica, y no un nuevo movimiento religioso o una secta. Subraya su estatus canónico como Asociación Pública de Fieles, su dependencia directa del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada en Roma y su reconocimiento oficial como «una nueva rama» de la Orden de Predicadores (Dominicos). Asimismo, niegan la existencia de una «triple dependencia» o «falta de claridad jurídica», afirmando una línea de autoridad clara y única. La Comunidad defiende sus prácticas de vida, como las largas liturgias, la mendicidad y las misiones «de dos en dos», enmarcándolas dentro de la tradición monástica, evangélica y de las órdenes mendicantes de la Iglesia; entiende que las descripciones de estas prácticas como sectarias o de control son «maliciosas». En cuanto a los señalamientos de»liderazgo autoritario», «abuso afectivo» y de mantener a las hermanitas «encerradas», son calificadas directamente de calumnias. Finalmente, la Comunidad destaca el apoyo recibido por altas figuras de la Iglesia, como el Cardenal Christoph Schönborn de Viena (su actual obispo de referencia) y el Cardenal Jorge Bergoglio (Papa Francisco), quien acogió a la Comunidad en Buenos Aires. Y con respecto a la afirmación de que el Tribunal Penal Canónico Nacional habría iniciado un proceso contra la fundadora, la Comunidad responde que, de ser cierto, dicho proceso sería secreto, por lo que entienden que su divulgación constituiría una violación del secreto de instrucción, del principio de presunción de inocencia y un atentado contra el honor.