El concepto de «lo Sagrado Femenino» se inscribe en una intersección compleja entre la espiritualidad New Age, las corrientes del desarrollo personal y ciertas derivas del pensamiento feminista contemporáneo. El término funciona como paraguas que agrupa corrientes muy heterogéneas —espiritualidad de tipo new age, neopaganismo, feminismo espiritual o psicología pop jungiana— con una terminología bastante estandarizada.
Los conceptos más recurrentes que podemos encontrar entre las prácticas sanadoras encuadradas dentro de esta corriente son, entre otros, los siguientes: la Diosa (principio cósmico femenino opuesto o complementario al dios masculino, a menudo identificada con la tierra, la luna, la fertilidad), la Triple Diosa (doncella/madre/anciana, apuntando a un ciclo vital femenino como estructura arquetípica), el ciclo menstrual (como espejo del ciclo lunar y las estaciones, sugiriendo una sincronía entre el cuerpo femenino y el cosmos), las fases de la luna (nueva/creciente/llena/menguante, como mapa de estados internos), la Madre Tierra (Gaia, la tierra como cuerpo femenino vivo y sagrado), energía yin/yang (o masculino-femenino, lo femenino asociado a la receptividad, lo interior, lo oscuro, lo húmedo, lo intuitivo), la energía Shakti (reinterpretación de la noción del hinduismo tántrico, como fuerza vital creadora) o las polaridades (puesto al «patriarcado espiritual», se propone un equilibrio o una recuperación de lo femenino reprimido).
En su premisa fundamental, lo Sagrado Femenino plantea la necesidad de liberar una supuesta «energía femenina» latente, incitando a las mujeres a reconectar con un poder interior (“diosa interna”) y una sabiduría mística que habría sido suprimida por siglos de represión patriarcal. De hecho, los promotores de esta corriente trazan sus orígenes hasta la prehistoria, argumentando la existencia primigenia de sociedades matriarcales veneradoras de deidades femeninas. Si bien los investigadores y antropólogos contemporáneos advierten sobre los graves peligros metodológicos de tales interpretaciones, el movimiento se nutre sincréticamente de la mitología antigua —apropiándose de figuras como Isis, Inanna, Deméter, Lilith, María Magdalena, la Shekiná, Kali o Shakti— así como también de nociones relacionadas con ciertas tradiciones indígenas que sacralizan a la Tierra-Madre.
A nivel ideológico, lo Sagrado Femenino busca “restablecer un equilibrio cósmico entre las energías masculinas y femeninas”. Se entrelaza, frecuentemente, con postulados del ecofeminismo, proponiendo que los sistemas patriarcales y capitalistas operan bajo una misma lógica de dominación y explotación tanto de la mujer como de la naturaleza. Se afirma que existió una edad de oro pre-patriarcal donde lo femenino era respetado y reverenciado. De esta manera, se promueve la idea de una mujer que es símbolo de resistencia ante “5.000 años de patriarcado”, lo que legitima la urgencia de tal recuperación espiritual. En este marco de interpretación, se describe que las mujeres cargan un trauma colectivo (léase, el patriarcado, la caza de brujas o la violencia en contra de la mujer) inscrito en el cuerpo y transmitido epigenéticamente. En consecuencia, se propone “la sanación de heridas transgeneracionales a través del trabajo espiritual” para que la mujer pueda acceder a “su sombra”, es decir, a supuestos aspectos reprimidos de lo femenino. En este sentido, el trabajo de la profesora en estudios religiosos Cynthia Eller, en torno al mito de estas épocas pre-patriarcales, demuestra que la hipótesis de una prehistoria matriarcal es una construcción ideológica del siglo XIX y XX, sin soporte arqueológico serio; argumenta, además, que esa narrativa es políticamente contraproducente para el feminismo. En el mismo sentido va también el trabajo de la difunta filósofa y teóloga Rosemary Radford Ruether, escrito también desde una mirada feminista, y que cuestionaba la idea popular de que muchas sociedades antiguas eran matriarcales y gobernadas por una divinidad femenina hasta ser derrocadas por el monoteísmo masculino, argumentando que la evidencia histórica sugiere una realidad mucho más compleja.
Para comprender el auge contemporáneo de este fenómeno, es importante tomar en cuenta el contexto sociológico que lo alimenta. Partiendo de estos análisis realizados desde un pensamiento feminista, lo Sagrado Femenino florece, entre otros motivos, a partir de fallas estructurales sistémicas dentro de la atención médica moderna. Las mujeres, históricamente, han sido y continúan siendo víctimas de un profundo paternalismo médico, diagnósticos erróneos o minimización de sus síntomas, los cuales son frecuentemente atribuidos a causas psicológicas como la ansiedad o el estrés. En patologías graves como la endometriosis —que afecta a una de cada diez mujeres—, el diagnóstico definitivo sufre un retraso promedio de entre 7 y 12 años, un periodo durante el cual las pacientes soportan dolores incapacitantes e incluso ciertas violencias ginecológicas mientras el sistema sanitario les asegura que su sufrimiento es «normal» o que es fruto de la “somatización”. Es precisamente esta errancia médica, la negligencia y la vulnerabilidad psíquica resultante lo que empuja a muchas mujeres hacia redes alternativas en busca de validación, escucha y sanación, encontrando en las «sanadoras» de lo Sagrado Femenino un refugio ante la frialdad racional de la medicina convencional.
En la práctica, lo Sagrado Femenino se concreta en toda una serie de rituales, pseudo-terapias y tendencias de estilo de vida ampliamente difundidas en redes sociales e insertadas dentro del circuito comercial new age. Entre las prácticas comunitarias más extendidas de este movimiento, destacan las «Tiendas Rojas», que son grupos de palabra exclusivos para mujeres destinados a fomentar la sororidad y que pretenden llevar a las mujeres a “conectar con su linaje”. También encontramos los “Círculos de Mujeres”, rituales grupales donde comparten sus malestares, a menudo estructurados en torno a la luna o el ciclo menstrual. El “Trabajo con el Útero”, bajo la idea de que el útero es centro energético y espiritual, sede de trauma y de poder. La “Danza del Vientre Sacra”, también conocido como “movimiento somático”, que busca trasladar al cuerpo la experiencia espiritual de lo Femenino. Abundan también las «Bendiciones de Útero» (enseñadas por autoproclamadas Madres Lunares) o los baños de vapor vaginales, a los que se les atribuyen falsamente propiedades desintoxicantes, regulación hormonal y curas para la infertilidad, sin ningún tipo de aval o evidencia científica. Otra figura que tiene que ver con este movimiento es todo aquello que tiene que ver con la “neo-brujería”, donde se reivindica la figura de la bruja como un arquetipo de mujer poderosa e insumisa, promoviendo el uso de tarot, infusiones botánicas, talismanes y toda suerte de terapias alterativas para “empoderar a la mujer”.
En el ecosistema digital contemporáneo, esto ha mutado hacia discursos como el Cycle Syncing (la Sincronización del Ciclo), que sostiene la supuesta necesidad biológica de alterar radicalmente la dieta, el trabajo o la actividad física según las fases lunares y del ciclo menstrual, así como también el abandono militante de la píldora anticonceptiva en aras de «sentir las emociones reales» y purificar el cuerpo de químicos. Conviene anotar que las ideas acerca de la “sincronización lunar” (es decir, mujeres como seres lunares con ciclos de 28 días frente a los hombres como seres solares con ciclos de 24 horas), no tiene base alguna, constituyendo una metáfora mística que refuerza la idea de la mujer como un ser irracional y cíclico. Asimismo, estas prácticas de una regulación hormonal total a través de dietas por fase, es una redundancia biológica en sí misma, en tanto que el cuerpo ya regula sus propias hormonas de forma natural, es decir, que la fluctuación es el funcionamiento normal, no es un error que de deba “corregirse” o “sanarse”. Finalmente, la propuesta del Cycle Syncing queda al servicio de la lógica capitalista, donde la mujer debe adaptar el ciclo para ser productiva al máximo durante la fase ovulatoria; de este modo, el discurso new age utiliza el ciclo menstrual para optimizar el rendimiento laboral/estético, perpetuando la presión social sobre el cuerpo, lo que devuelve a la mujer al mismo lugar del que pretenden liberarla.
Desde el prisma del feminismo materialista, lo Sagrado Femenino se desliza hacia un esencialismo de género. Al reducir toda la identidad, el comportamiento y la vitalidad de las mujeres a sus órganos reproductivos o a sus fluctuaciones hormonales, estas corrientes new age naturalizan y validan construcciones sociales creadas precisamente por el patriarcado. Asumir que existe una «naturaleza femenina» intrínsecamente ligada a la dulzura, la intuición, o al determinismo biológico de la menstruación, enmascara el hecho de que la categoría «mujer» se refiere también a una clase social explotada, impidiendo la verdadera emancipación política. A la par, al insistir en que revelar la «potencia femenina» implica adherirse a características estéticas y conductuales predeterminadas (a menudo asociadas a la delgadez, la dulzura y el misticismo), naturalizan construcciones sociales que, paradójicamente, fueron cimentadas por el propio sistema patriarcal que afirman combatir.
Lejos de ser un movimiento anti-sistema, lo Femenino Sagrado se ha consolidado como un modelo de negocio altamente lucrativo. Diversas influencers, chamanas y coaches explotan la desesperación de mujeres con dolor crónico para comercializar infusiones, seminarios costosos, formaciones de sanación o piedras místicas. Aprovechando que sus seguidoras atraviesan años de dolor físico y errancia médica en busca de diagnósticos, estas influencers les ofrecen respuestas aparentemente sencillas a problemas médicos complejos, prometiendo sanar el acné hormonal, curar la infertilidad o eliminar el dolor menstrual mediante la «reconexión con su energía femenina». Para monetizar este discurso, despliegan una vasta comercialización de productos y servicios esotéricos y de bienestar. Venden infusiones botánicas, suplementos alimenticios, bálsamos abdominales, libros electrónicos, cartas de tarot, piedras místicas y «huevos yoni» a introducirse en la vagina. A esto se suman seminarios de sanación, retiros espirituales internacionales y consultas personalizadas por videoconferencia, cuyos precios son a menudo desproporcionados a la actividad que se ofrece. El núcleo operativo de estas chamanas y coaches se sustenta en promover prácticas desprovistas de cualquier rigor o evidencia. En mi práctica profesional, me encuentro con mujeres que transitaron por ciertas “naturópatas” o “terapeutas Gestalt” o “guías espirituales” que exigen cifras elevadas por un “acompañamiento” de pocos meses, desplegando un patrón de influencia psicológica excesiva y sugiriendo que, si la paciente no abona dicha suma, es porque en el fondo «no quiere avanzar» en su curación. De este modo, a las mujeres se les reprocha no haber practicado correctamente la Sincronización del Ciclo, no ser capaces de «manifestar» adecuadamente la curación, poseer una energía que «no vibra lo suficientemente alto» o estar bajo el influjo de astros no bien alineados.
La Misión Interministerial de Vigilancia y Lucha contra las Derivas Sectarias (Miviludes) ha trasladado ya desde el pasado 2022 algunas advertencias ante el desarrollo de este movimiento. En otro artículo anterior ya me referí, precisamente, a la apropiación de algunas de estas ideas por la comunidad sectaria Ashram Shambala. Existe el riesgo de emplear tales nociones dentro de contextos de alto control ideológico, terminando por culpabilizar a las mismas pacientes de sus propias dolencias. De este modo, se adoctrina a las mujeres con la idea de que ciertas enfermedades -como el cáncer de mama- son somatizaciones físicas derivadas de un «rechazo a su feminidad», de su incapacidad para «vibrar alto» energéticamente, o de “traumas heredados en su linaje materno”. Esta carga de culpa extra fomenta la alienación, puede llegar a provocar rupturas con el entorno familiar e induce a las pacientes a abandonar tratamientos médicos convencionales que son vitales, comprometiendo sus posibilidades de recuperación e incluso su supervivencia. Una de las consecuencias de riesgo asociadas a estas prácticas tiene que ver con lo que Bioética se denomina la «pérdida de oportunidad»; bajo un estado avanzado de sometimiento, la persona pierde por completo su capacidad de tomar decisiones libres e informadas acerca de su propia salud. Dicho de otro modo: la verdadera autonomía no deriva de “conectar con el útero”, sino de una toma de conciencia personal y social que lleve a exigir una atención médica más humana y sensible.





