“Me Too” (o “#MeToo”) es el nombre de un movimiento iniciado de forma viral como hashtag en las redes sociales en octubre de 2017 para denunciar la agresión sexual y el acoso sexual. Recientemente, y en respuesta a una petición del canal de televisión virtual KQED para las cuentas #MeToo, empezaron a recibir denuncias de diversas mujeres que referían comportamientos inapropiados o francamente abusivos en contextos de la práctica del yoga: desde masajes inapropiados hasta golpes, pasando por el empleo de tóxicos con menores de edad o violaciones. Fruto de estas entradas, el canal KQED descubrió que la comunidad de yoga está haciendo esfuerzos por controlar los abusos sexuales dentro de la práctica del yoga. Ante una industria en continuo crecimiento, sin duda la falta de supervisión adecuada está agravando el problema del abuso espiritual y sexual.

Globalmente, y gracias al movimiento #MeToo, muchas mujeres están atreviéndose a relatar sus experiencias de abuso sexual en diversos contextos empresariales, políticos, cinematográficos y ahora en el mundo del yoga.

Anne West, una practicante de unos cincuenta años, ha sido una de las que empezaron a hablar de los abusos perpetrados por el instructor de yoga Manouso Manos de la linea de Iyengar. Su historia de abuso se acerca a la de otra mujeres que también dejaron su testimonio, como el caso de Charlotte Bell, quien también entonces estaba estudiando yoga en un instituto Iyengar. Por temor a que su denuncia la perjudicara en su carrera como profesora e instructora de yoga, West silenció lo sucedido durante dos décadas. Y no fue hasta hace un par de años, cuando vio que el mismo instructor abusaba verbalmente de otros alumnos que empezó a pensar en hablar de lo sucedido; y más aún cuando leyó una noticia de prensa de hacía años en la que ese mismo instructor había sido acusado de tocamientos indebidos en una clase de yoga.

Shannon Roche, directora de operaciones de Yoga Alliance (una plataforma internacional de adscripción opcional para las entidades que promueven el yoga), ha reconocido explícitamente que se han dado y se dan abusos sexuales en el mundo del yoga, “y nos consta que muchos de ellos se han silenciado…existe una larga historia de abusos de poder y de abuso sexual…ahora empezamos a ver algo de todo ello”.

Algunas de esas historias se hicieron públicas el pasado diciembre de 2017, cuando la conocida profesora y activista de yoga, Rachel Brathen (conocida como “Yoga Girl”), dio de alta más de 300 cuentas en respuesta a una petición de posibles abusos en  #MeToo. Las historias referidas incluían episodios de violación, tocamientos, contactos inapropiados, acoso sexual y hostigamiento. Hasta la fecha, Brathen ha recibido entre 500 y 1.000 historias #MeToo de todo el mundo. La mayoría de las historias que recibió de los EE. UU. fueron sobre incidentes ocurridos en California, mientras que Nueva York quedó en segundo lugar.

El punto común de prácticamente todas las historias de abuso sexual pasaba por el hecho de que “los maestros aprovecharían la dinámica de poder inherente en la relación maestro-alumno…para abusar y explotar a sus alumnos”. Algunos casos de abuso sexual con maestros de yoga de alto nivel se han hecho públicos, como es el caso de Bikram Choudhury, fundador del imperio Bikram Yoga con sede en California que fue acusado por varias mujeres de violación; o la del fallecido Krishna Pattabhi Jois , quien popularizó Ashtanga yoga y fue acusado por nueve mujeres de acoso sexual; o la más reciente dentro de Anusara Yoga que llevó al abandono en cascada de numerosos profesores de yoga; o también los abusos denunciados el pasado mes de julio contra el fundador de la escuela de Agama Yoga.

En este escenario, Yoga Alliance, plataforma formada a fines de la década de 1990, ha propuesto una nueva política para combatir la conducta sexual inapropiada y ha definido procedimientos para manejar estos casos a principios de este año, pero se han negado a compartir el número de quejas que habían recibido anteriormente. Posiblemente, parte del recelo provenga también del hecho que dentro de la misma Yoga Alliance hay grupos federados que han sido acusados en algunas ocasiones de abuso psicológico, así como de abusos sexuales.

La industria del yoga ha experimentado un crecimiento espectacular tan sólo en los EE. UU. De acuerdo con datos ofrecidos por la misma Yoga Alliance, durante el pasado 2016 practicaron yoga más de 36 millones de personas practicaron en todo el país, superando los 16  millones del pasado 2004. En términos económicos, la industria del yoga facturó 16 mil millones de dólares el pasado 2016 (superando con creces la cifra de 10 mil millones de dólares que se obtuvieron el pasado 2012). Asimismo, Yoga Alliance ha afirmado que a fecha 31 de agosto de 2018, tenía prácticamente 92.000 maestros de yoga registrados (superando los 9.700 registrados del 2004) y unas 6.355 escuelas de yoga registradas (este mismo año se habrían registrado 280 más).

Pero ninguna agencia estatal supervisa a los instructores, así como tampoco se evalúan las disciplinas enseñadas ni tampoco hay parámetros claros que definan los límites de la práctica. Es decir, y al igual que sucede en el terreno de las así llamadas terapias alternativas, cualquiera puede ser un profesor de yoga. Cualquiera podría simplemente abrir un estudio y empezar a enseñar yoga. No se necesitan tener credenciales específicos de ningún tipo. Bastaría con haber leído un libro sobre yoga y tener don de gentes. Por su parte, la Yoga Alliance indica que en algunos condados de los Estados Unidos sí que existe un organismo de supervisión, especialmente en Minnesota, Oklahoma, Washington o Wisconsin.

En el pasado, la Yoga Alliance se opuso a la regulación estatal de la práctica, oponiéndose activamente a la concesión de licencias. De acuerdo con ellos mismos, el posible riesgo sería “que aunque sirviera como control de calidad, se reprimiría la creatividad y se excluirían algunas prácticas que pueden ser beneficiosas”. Ahora, la Yoga Alliance se enfrenta al posible escenario de convertirse en entidad reguladora de la práctica, lo que divide las opiniones de los practicantes.

Gary Kissiah, abogado y profesor de filosofía del yoga, publicó el pasado mes de enero una guía para el manejo de la conducta sexual inapropiada en el contexto del yoga. Este profesional se muestra escéptico de que la regulación del gobierno pudiera resolver el problema y plantea un primer paso: educar a los estudiantes sobre la conducta adecuada de sus maestros de yoga, “debido a que estos maestros básicamente los engañaron para que pensaran que todo aquello formaba parte de su desarrollo espiritual, que era una parte de la práctica espiritual, una parte de la tradición”.

Pero como informan las mujeres que han dado el paso de hablar, cuando se da una conducta de abuso sexual en el yoga, no hay muchos lugares para denunciar (como no sea en la comisaría de policía). En una publicación de diciembre de 2017 compartiendo su experiencia #MeToo de haber sido agredida sexualmente por un maestro, la instructora de yoga Kino MacGregor dijo que informó del acoso sexual a la Yoga Alliance, “pero me respondieron con un correo electrónico estandarizado que decía que no podían tomar ninguna medida. Me enfadé mucho porque parecía que no había responsabilidad alguna en el mundo del yoga”.

Las secuelas entre aquellas mujeres que sufrieron abusos por parte de sus instructores de yoga son severas. Muchas abandonan la práctica del yoga, otras se quedan sintiéndose culpables durante años al haber sido convencidas de que se trató de un asunto de su karma. En mi experiencia, el haber sufrido estos abusos en el contexto del yoga deja una enorme confusión en la mente que lleva tiempo esclarecer, aparte de un daño emocional y espiritual profundos. Ahora, el mundo del yoga se enfrenta a una situación que gracias a la tecnologías de la comunicación ya no puede silenciarse más. Y requerirá que las entidades al cargo de la formación de profesores de yoga tomen medidas claras y enérgicas para frenar la explotación emocional y sexual.