Las hazañas de un homeópata reconvertido a brujo

By | 2018-04-08T13:40:12+00:00 25 febrero, 2018|Miscelánea|

El pasado mes de julio de 2016, en el marco de una playa de Cádiz, se inauguró la actividad de una asociación en defensa de la “salud universal”, promovida por un médico homeópata chamánico -así se autocalifica- que promueve “la práctica de la consciencia del Alma Universal”.

Para la inauguración de tal asociación, invitaron al licenciado en periodismo Rafael Palacios López -también conocido como “Rafapal”-, que se dedica a hacer “periodismo para mentes galácticas”. Más allá del dato anecdótico con respecto al invitado -quien por cierto parecería haber escrito una entrada en su momento sobre su experiencia en tal actividad-, la inauguración de esta nueva asociación se vio pasada por agua ya no sólo por los propios desvaríos dialécticos del susodicho sino, sobre todo, por los hechos mostrados en la playa de Cortadura de Cádiz por parte del grupo, según grabaron algunos asistentes en un vídeo que se podía ver hasta no hace mucho en Internet y que fue retirado tras presiones legales a los responsables de la grabación. Los testimonios de las personas que estuvieron, explican que una mujer y un hombre del grupo se levantaron de pronto en medio de la conferencia -obedeciendo una indicación del chamán-, “se acercaron al presentador y empezaron a acariciarle, darle masajes y a hacer estiramientos con él”. Poco después, “hombres y mujeres del grupo empezaron una serie de movimientos. Y en cuadrupedia, como perritos, se desplazaban de un sitio a otro en medio de la gente sentada, mirando a los demás con los ojos desencajados de las órbitas… Se daban besos, masajes, abrazos, soplos en los oídos, caricias… Interrumpían con comentarios inútiles, riéndose y actuando sin sentido, permitiéndose tocar y rozar también a los que no éramos parte de su grupo… Llegó un punto de descontrol total en el que empezaron a darse bofetones muy fuertes y sonoros en la espalda, en cadena”.

Este relato de la situación, cuanto menos chocante, es bastante compatible con lo que explican los propios ex miembros que abandonaron el grupo, que describen cómo el mencionado terapeuta prepara a sus pacientes para “el camino del guerrero” a través de ciertas acciones como la descrita en el párrafo anterior; al parecer, tampoco es la primera vez que en este grupo se realiza alguna actividad con cierto grado de violencia.

Según constaba en los contenidos del blog de esta asociación –ahora reubicados en otro espacio web tras esas escenas de playa-, este doctor “empezó a relacionarse con seres humanos responsabilizándose de su salud, antes de terminar medicina en el año 1979″. No deja de ser llamativo que “relacionarse con seres humanos” (si por ello entendemos tan sólo su actividad homeopático-chamánica) lo hiciera antes de acabar la carrera. Es igualmente llamativo que en una publicación con fecha de enero de 2013, indicara que había recibido “la invitación a participar en el IV Congreso Nacional de Homeopatía” (celebrado el pasado 2010 en Barcelona), porque no puede encontrarse referencia alguna a su participación en el programa del referido congreso.

Si bien de la actividad de esta asociación tras su presentación playera es desconocida, si que he podido conocer por diversos ex miembros algo de su historia y desarrollo. Al parecer, es a partir de 2011, cuando el médico homeópata empieza a invitar a algunos de sus más fieles pacientes a formar parte de un reducido grupo de personas que iban a tener el privilegio de practicar el chamanismo y obtener de primera mano los conocimientos del terapeuta (ahora convertido en maestro). Según relatan, este ofrecimiento se presentaba como algo único, como un tren que sólo pasa una vez y al cual era difícil negarse a subir, debido a la importante dependencia que ha se ha creado ya en meses previos de consultas por temas de salud.

Esa invitación “al grupo de brujos” se ofrece como una gran oportunidad de iniciarse en el chamanismo y, por tanto, en el camino del guerrero, un sendero para aprender a “perder la forma humana” o “ensoñar” (términos sacados de los libros de Carlos Castaneda). Para poder pasar a formar parte de este grupo de escogidos, debe adoptarse un nombre iniciático que el propio terapeuta-chamán puede llegar a cambiar luego a su antojo y, en algunos casos, con tintes algo humillantes. Para el homeópata -ahora convertido en guía chamánico-, la finalidad de este grupo es liberar a las personas “de un mundo de esclavos” a través de sus enseñanzas, que supuestamente ayudarán a que se conviertan en “guerreros de la luz” (es decir, en personas capaces de darse luz a sí mismas y a todo el planeta).

En este pretendido recorrido iniciático -que según la experiencia de varios ex miembros se convierte en adoración ciega-, se enseña “a contar verdad”, lo que en la práctica significa que todo aquello en lo que uno creía hasta ese momento, en realidad es mentira, por lo que habrá que indagar, buscar en el interior aquello que no se explica a los demás. En base a esto, el terapeuta habla de varios niveles de “verdad”, desde la “Verdad Tipo 1” (aquella que tiene que ver con el ego) o la “Verdad Tipo 2” (aquella que tiene que ver con los demás) y así hasta el infinito, obligando a los participantes a indagar continuamente en lo más profundo de sí mismos. Este tipo de actividad hizo que algunas personas abandonaran tales ceremonias tras sentir una enorme presión; y si, en esas circunstancias, alguien expresaba tener miedo a perder la cabeza, la crítica no se hacía esperar y el guía, que ya conocía los aspectos más íntimos de cada participante, podía emplear ese conocimiento para desestabilizar a la persona y, en algunos casos, llegar a doblegar verbalmente, porque, al fin y al cabo, “hay que trabajar la importancia personal” (otro término de Castaneda que, básicamente, se refiere a la eliminación del ego).

Los ex miembros con los que he trabajado refieren un estado de sumisión progresiva, que empezaba con las consultas individuales, con un coste de unos 180 euros por lo que suele ser una media hora de charla. Alguno de ellos describe también cómo en tales consultas el terapeuta podía mostrar un fajo de billetes, “porque este es un gesto mágico que sirve para hacer aparecer el dinero, trae abundancia”.

Fuera de las consultas, en las actividades de grupo, la mecánica era bien distinta. Si al principio las actividades parecían ser gratuitas y el chamán nunca pedía nada a cambio por las reuniones, al cabo de un tiempo de participación, el terapeuta dijo que todos tenían que pagar por esas reuniones, bajo el argumento de que “un brujo no regala nada”. De este modo, el coste de las consultas individuales pasaba a ser de 300 euros (que debían ser pagados a través de una tercera persona y siempre en billetes de 100) por formar parte del grupo, además de los 50 euros extra que tenían que abonar en cada reunión. Para el chamán, este precio es lo mínimo a pagar teniendo en cuenta el trabajo tan único y especial que realiza con sus pacientes. Además, hizo que pagaran unos 900 euros por aquellos primeros encuentros (aunque nunca les avisó de que costaría ese dinero) o si la persona se quedaba en deuda se veía obligada a llevar un paciente nuevo cada mes a su terapeuta-chamán-brujo. Diversos ex miembros describen que no se atrevieron ni a cuestionar tales exigencias por temor a perder el reconocimiento y afecto del que por entonces era su terapeuta, ahora convertido ya en maestro de aprendiz de brujo.

Adicionalmente, si los miembros mostraban su desacuerdo o se atrevían a decir que aquello resultaba un tanto excesivo, esa actitud pasaba a ser descrita como un “síntoma de estar bajo de energía” o “de no valorar el gran trabajo del doctor”; otra expresión bastante habitual para describir a las personas que pudieran criticar o dudar era “el grado de despiste”, ya que la tarea que debía realizarse según el maestro era “pulir la importancia personal,  que es la única manera de convertirse en brujo”.

Si no eran pocas tales exigencias, además, todos los miembros del grupo pasaban a estar obligados a recibir clases de inglés por parte de los hijos y la ahijada del médico, que también recibían un pago por este trabajo. Acorde con la descripción de varios ex miembros, estas clases se daban por Skype y, junto a la obligatoriedad de la asistencia y el pago, llevaban aparejada la idea de que todos los miembros del grupo debían saber inglés “para cuando llegue el momento de trasladar los vastos conocimientos aprendidos con el homeópata más allá de España”. El médico solía decir que estaba preparando su libro, donde vertería toda esa sabiduría a la que, hasta el momento, solo podían acceder unos pocos. Pero ese libro, hasta la fecha, no ha visto la luz.

Junto a esta dinámica de grupo, los ex miembros remarcan que se daba mucha presión para que se invitara a otras personas de la familia o, si se hacía pareja con alguien de fuera del grupo, se insistía en que era necesario que esa persona acudiera a la consulta del mencionado homeópata, para que su cónyuge e hijos futuros estuvieran “sanos y libres del mundo esclavo” en el que al parecer vivimos (en este sentido, el homeópata-chamán predica también la no vacunación del bebé, entre otras cosas).

La “terapia” practicada en la consulta, de acuerdo a la experiencia de aquellos que abandonaron, pasaba por desmenuzar la personalidad, haciendo sentir que uno es superior a los demás y apartando de la familia o los amigos que no estuvieran dentro del grupo, situándose el maestro en el rol del conocimiento indiscutible, llegando a decir que muchas de sus sentencias eran “verdades universales”. Como alguno indica, entre sus frases más repetidas podía escucharse “ya me gustaría a mí tener un médico como yo”.

La “disciplina” era un requisito indispensable para llegar a ser brujo. Dicha disciplina comportaba obedecer sin cuestionar. Si alguien abandonaba el grupo, se decía que había sido “manipulada por su respectiva pareja”, por algún estímulo del mundo exterior o por cualquier otro motivo que daba a entender que se había apartado del “camino”. Además, el homeópata decía a los que formaban parte del grupo que, una vez iniciado el camino del guerrero, no podían dar marcha atrás porque, si decidían abandonar el aprendizaje, se quedarían viviendo entre dos mundos. Además, les advertía que fuera del grupo tan sólo les esperaría “una vida miserable”.

Las prácticas regulares del grupo implicaban realizar determinadas “hazañas”, esto es, acciones que el maestro dictaba y que estaban destinadas a alterar el estado de conciencia. Como esa práctica descrita en la playa de Cortadura. La no conformidad con alguna de las propuestas implicaba que la persona fuera tildada por el grupo y el maestro como “tacaño o incapaz de ser generoso con el grupo”. Dichas enseñanzas incluían la idea de que criticar o cuestionar el aprendizaje no llevaba más que “a perder energía” y, si en alguna ocasión alguien expresaba su frustración, descontento o desacuerdo, se argumentaba que esa persona quería “apropiarse de la energía de los demás” y que la acumulación de energía es el tesoro de todo brujo porque “es la llave que permitiría ensoñar”. Al mismo tiempo, el maestro alertaba a los miembros de la “magia oscura” que les rodeaba fuera del grupo y que, a diferencia de la magia blanca que ellos iban a practicar, la magia oscura era la que conducía al egoísmo y les llevaría a usar todo su poder para sí mismos, en vez de para el grupo.

Para llegar a “ensoñar”, o poder llegar a estar en dos lugares a la vez (como se supone que el mismo maestro es capaz de hacer, ya que él mismo se vanagloriaba de viajar a épocas pasadas y hablar con grandes sabios), había que reunir la mayor energía posible y, para ello, además de ser disciplinado con las actividades, había que “desmontar el sistema de creencias”, lo que en la práctica significaba destruir la personalidad previa al grupo y amoldarse al cien por cien al dictado del médico homeópata.

A partir del año 2013, el grupo da una vuelta de tuerca más. Los miembros regulares ya llevan un tiempo realizando las “hazañas” y demás prácticas sugeridas, entre ellas, dormir en el suelo y, en ocasiones, en la calle; ducharse con agua helada en invierno o casi hirviendo en verano; o hablar con un espejo como forma de “aclararse y encontrar la verdad más profunda”. Es a partir de agosto de ese mismo año, cuando el maestro indica que es necesario “caminar 10.000 pasos transfigurándose o, lo que es lo mismo, “imitando”, cada mil pasos, a diferentes seres, desde una lechuga hasta un muerto viviente. Además, los miembros debían concentrarse diez minutos al día en la propia respiración, bailar media hora siguiendo los vídeos de una bailarina que los transportaría a África, entrar en trance y “ensoñar” sus vidas en el pasado y en el futuro para supuestamente poderla cambiar desde ese estado alterado de conciencia; además, pasaron a tener la obligación de comprar cuatro plantas de siete especies diferentes y ponerles el nombre de cada persona del grupo. Junto a ello, se aconsejó a los miembros que dejaran de usar las redes sociales, leer o ver los medios de comunicación, dejar el tabaco, el azúcar o el alcohol. Poco a poco, la vida de los pacientes-adeptos pasó a ser propiedad del grupo. Todo giraba en torno a eso. No había tiempo para más.

Según palabras del maestro, la práctica chamánica, el ser brujo, “es un oficio” (al parecer muy rentable, por cierto) y cumplir todas estos requerimientos diariamente es una obligación espiritual. Esas prácticas no eran simples ejercicios deportivos, teatrales o relajantes, sino que, en palabras del guía, eran “herramientas de poder para convertirse así en un auténtico brujo” .

En ese punto, las consultas pasaron de ser individuales a grupales, estableciendo el maestro mini grupos para que, entre ellos, se llevaran el control de forma semanal a través de conexiones por Skype, unas llamadas a las que no se podía faltar por ningún motivo. En esas reuniones virtuales, los adeptos hablaban sobre los “logros de la semana” y daban indicaciones al resto. Esas charlas semanales eran grabadas y enviadas semanalmente al homeópata.

Otra línea básica del discurso del grupo es que las mujeres son egoístas por naturaleza y los hombres son unos cobardes y el único que podía sacar de esa situación era el maestro, quien se presenta como “un alma universal” que ayuda a las mujeres a ser más generosas y a los hombres más valientes. Y, por supuesto, estaba el sexo. Algunas ex miembros mujeres han referido cómo, en las consultas, el terapeuta les animaba a experimentar su sexualidad con otros hombres. Todo ello, por supuesto, con carácter secreto. De las cosas que pasaban en consulta o en las reuniones, no se podía hablar fuera. “No hay que hacer amiguitos”, repetía el maestro, de forma que tampoco se podía comentar nada entre los compañeros del grupo. El maestro argumentaba tal prohibición bajo el pretexto de que “hablar con los demás no es más que hacer cotilleo y eso quita energía”. Otra explicación es que, de esa manera, se evitaba la unión de voces discordantes o cuestionar el liderazgo del homeópata, así como las prácticas abusivas que se llevaban a cabo.

Esa diferenciación de géneros llegaba hasta el extremo de considerar que la labor de las mujeres era cuidar a los hombres y, la de éstos, ser valientes y, a la hora de tratar con las féminas, “escucharlas y sacarlas de paseo”. Una de las fórmulas de ser valientes era atreverse a ligar con las mujeres en todo tipo de situaciones y sin cuestionar las consecuencias. Y una de las mejores formas que tenían las mujeres de ser generosas era dejar que su pareja tuviera relaciones con otras personas (y viceversa). Asimismo, según ex miembros, el homeópata también fundó, además del llamado “grupo de brujos”, un “grupo de padres” y otro “de madres”, en los que el maestro se presentaba como único guía para enseñar a cuidar de la descendencia, y por cuya pertenencia también se tenían que abonar otras cuotas adicionales.

En uno de los encuentros con el “gran grupo”, el chamán animó a cada “aprendiz de brujo” a lanzarse sobre la persona que le diera más miedo y, en ese instante y la vista de todos, mantener relaciones durante unos minutos. Era la única vez que se permitía a los miembros ese acercamiento, ya que otro tipo de relación (bien amorosa o sexual) estaba prohibida. Por supuesto, el derecho de pernada sí era inherente al propio médico, que, según algunos miembros, mantuvo relaciones con varias pacientes. En otra ocasión, tras hacer diversas actividades como cortar la leña o el césped de la finca del maestro, se les mandó desnudarse y colocarse en fila para darse bofetadas con el fin de “aprender a afrontar la violencia”. De esta manera, si la bofetada de alguien no era suficientemente fuerte, se animaba a otro de sus miembros, ya fuera hombre o mujer, a abofetear al primero con su máxima violencia, para que aprendiera así a golpear. Desde ese momento, las bofetadas pasaron a ser un recurso habitual en algunas reuniones de grupo de brujos. Y una forma de castigo recurrente del homeópata, que ante situaciones en las que se cuestionara su labor, ordenaba abofetear a la persona que le hubiera incomodado.

Poco a poco, el homeópata chamánico se ha terminado haciendo con el control de los miembros de grupo y, a día de hoy, de muchos de sus pacientes. Siguiendo sus dictados, los miembros pueden pasar meses bebiéndose la primera orina de la mañana (o todas las de una semana, como le ordenó hacer a uno de los participantes durante un tiempo), o manteniendo relaciones sexuales de la manera en que éste indica, muchas veces, de forma aleatoria y caprichosa…

Además, todas las consultas (individuales o grupales) deben ser registradas en audio y compartidas con el resto de miembros del grupo, que debían escucharlas, tomando apuntes y estudiando al dedillo los dictados del médico, según el cual, de esta manera, se lograba que sus brillantes ideas no se perdieran. Al mes, esto suponía una gran suma de horas que devoraba la cotidianidad de los miembros.

Desde la creación del grupo, varios son los que han podido salir con éxito, pero muchos más los que siguen vinculados. Normalmente, los ex miembros hablan de actitudes de persecución al dejar las reuniones, con múltiples y reiteradas llamadas de teléfono de los participantes o, incluso, de allegados. Además, hay miembros que, para dejar de participar, tuvieron que pagar miles de euros para frenar el acoso, lo que hace que, a día de hoy, otros no pueden salir ante la obligación de pagar esa suma. Y es que el homeópata incidiría en que la libertad de los miembros tiene un precio y que, si deseaban abandonar el grupo, deberían abonar lo que se les dictara.

Mientras, los que siguen dentro, siguen más apegados que nunca al maestro, quien dice de las personas que han abandonado el grupo que “han sido manipuladas por las fuerzas oscuras” o “tienen una parte paranoide que va en contra del grupo”. Así, estos aprendices de brujo se sienten seguros y casi invulnerables.  Y mientras creen aprenden a ensoñar, no saben que van dejando atrás el mundo real y que han puesto la brújula de su destino en manos de otra persona.